Pero qué mal tratamos los padres a esos pobres gatitos

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Esos lindos gatitos tiernos e indefensos de enormes ojos al borde del llanto están por todas partes: en las películas, en los anuncios, en las calles, en los colegios… incluso hace un rato he tenido uno por aquí pidiéndome no recuerdo qué. Vale, no era un gatito. Era un niño de dos años, pero tenía esa misma cara.

¿Por qué abundan tanto? ¿Están organizados? ¿Tienen un plan para dominar el mundo? Parece de risa, pero no lo es: ya controlan mucho más de lo que pensamos. Nos controlan a nosotros.

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ALGO NO VA BIEN...

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Somos una generación blanda. Pero no blanda con los niños, o con otras personas. Somos blandos con nosotros: no soportamos sentirnos mal, vivir incómodos, no ser los más admirados. Y los gatitos lo han descubierto: de ahí vienen sus caritas. Porque lo que intentan es darnos pena, hacernos sentir culpables de sus grandes sufrimientos. Y les funciona. Nos hacen creer que sus ojos, sus llantos o sus lágrimas son la muestra perfecta de nuestra injusticia y maldad, de nuestra falta de corazón. Y no soportamos sentir que somos malvados…

Pero la autoridad y el mando tienen ese coste: no se pueden usar para caer bien a todo el mundo. Siempre van acompañadas de críticas y momentos difíciles. No solo presionan los niños con sus ojos de gatito triste; también presionan padres, madres, abuelas, tíos, revistas, anuncios. Algunos con buena intención, otros porque quieren conseguir algo. Y todos haciéndonos sentir mal…

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...PERO ALGO PODREMOS HACER

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Por eso para educar hace falta convicción. Tener un rumbo fijo hacia el que apuntar siempre. También cuando nos equivocamos o dudamos si estamos haciendo las cosas bien, o siendo demasiado… (póngase aquí cualquier cosa que a uno le agobie)… Un rumbo concreto, que sepamos que merezca la pena mantener en medio de las presiones de unos y otros, aunque nos conviertan temporalmente en “los malos de la película”. Después de todo, un padre excelente y una madre maravillosa son como los grandes gobernantes: su labor solo será admirada al cabo del tiempo.

En serio, he visto muchos y variados estilos educativos exitosoS. Algunos eran firmes, otros permisivos; unos protectores, otros exponían mucho a los niños; unos muy organizados, otros flexibles... Siendo tan distintos, lo que los unía es que no eran fruto del azar: en todos ellos había un rumbo. Un rumbo seguido con decisión incluso cuando se hacía difícil seguirlo.

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NO SE TRATA DE SER CABEZÓN

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Pero ¿Y si creo que no lo estoy haciendo bien? ¿Y si quiero cambiar el rumbo? Claro que se puede cambiar el rumbo, pero siempre es mejor hacerlo cuando las aguas estén tranquilas. Así estaremos seguros de que es una decisión meditada, y no fruto de la frustración o la dificultad de mantenerlo.

Sea el rumbo que sea habrá momentos en que sea difícil seguirlo, siempre habrá tormentas ¿Qué pensaríamos de un capitán que, en lugar de aguantar el tipo y tomar las decisiones de forma meditada, decide cambiar el rumbo precisamente en mitad de la tormenta, precipitándose y dejándose llevar por los nervios y el miedo? ¡Pero si es precisamente en las situaciones difíciles cuando más seguridad debe aportar un capitán!… y cuando más falta hace que los padres y madres sepamos mantener el rumbo, por muchos gatitos que nos estén mirando.