Cuentos de ingenio

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Cuentos de ingenio

Usa estos breves cuentos para mejorar tu familia: te ayudarán a ser mejor padre o madre, a que tus hijos sean mejores niños y a que tu bebé se desarrolle emocional e intelectualmente sano.


Abajo tienes nuestra lista de cuentos para niños sobre ingenio. Tocando su icono los podrás leer, descargar como pdf o escuchar como mp3

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Buscas cuentos de ingenio cortos que diviertan, enseñen y enamoren?... ¡esta es tu aventura! --¿Lo mejor?-- originales sugerencias y actividades post lectura para que tus cuentos conquisten su corazón y su mente ¡Entra, no dejes pasar el tren!

El peor perro guardián del mundo, un cuento sobre Esfuerzo e ingenio

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Un cuento sobre ladrones

"Las cosas buenas se consiguen con esfuerzo. Elegir hacer solo las cosas más fáciles suele terminar en problemas."

El pingüino y el canguro, un cuento sobre Humildad, deportividad, e ingenio

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Cuento infantil sobre humildad

"La vanidad y el orgullo de los que suelen ser superiores, y las lecciones de humildad que pueden recibir por ello"

Eduardo y el dragón, un cuento sobre Ingenio

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Cuento de caballeros y dragones

"El ingenio es la mejor arma de todas y se debe emplear siempre antes de recurrir a la violencia"

Globos acrobáticos, un cuento sobre Trabajo en equipo e ingenio

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Cuento infantil sobre el trabajo en equipo

"Trabajando en equipo pueden hacerse muchas más cosas de lo que cada uno podría hacer por su cuenta"

Pulgarcito

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Charles Perrault
Valor Educativo: 
Ingenio
Ventajas: 
-- Muestra el valor del ingenio sobre la fuerza física y el tamaño -- A su manara, defiende el valor de la unidad familiar
Inconvenientes: 
-- Es un cuento un poco cruel
valoracion: 
Pulgarcito es una historia de aventuras que, en línea con otros cuentos de Perrault, refleja un mundo un poco cruel que es difícil entender hoy día, en el que, por ejemplo, los padres pueden abandonar a sus hijos por motivos económicos. Aunque es todo un clásico, y una excelente muestra de ingenio con varios elementos que lo hacen único y memorable, como marcar el sendero con miguitas de pan, el engaño con las hijas del ogro, o las botas de siete leguas, a la hora de utilizarlo con una finalidad educativa habrá que tener en cuenta esos aspectos de crueldad y decidir si la madurez de quien lo vaya a escuchar es suficiente o hay que modificar levemente la historia.
version_reducida: 
Pulgarcito era un niño del tamaño de un pulgar. Era el menor de los 7 hijos de unos leñadores tan pobres que decidieron abandonar a sus hijos en el bosque. Pulgarcito los escuchó, y se preparó para ir dejando caer piedras por el camino y guiar a sus hermanos de vuelta. Aunque inicialmente sus padres se alegraron del regreso, tiempo después volvieron a intentarlo. Esta vez Pulgarcito arrojó las migas de su pan para marcar el camino, pero los pájaros se las comieron y resultaron perdidos. Tras muchas vueltas encontraron la casa de un ogro, aficionado a comer niños, que vivía con su mujer y sus siete hijas. El ogro, al descubrir a los niños, quiso matarlos, pero la mujer le convenció para reservarlos para mejor ocasión. Aquella noche Pulgarcito cambió su gorro y el de sus hermanos por las coronas de las hijas del ogro y, cuando el ogro despertó a oscuras y pensó de nuevo en matarlos, fue a sus hijas a quienes mató, mientras Pulgarcito y sus hermanos huían. Al descubrir lo ocurrido el ogro persiguió a los niños calzando sus botas de siete leguas, capaces de avanzar esa distancia tanto a cada paso. El ogro buscó largo rato y acabó dormido sin saber que Pulgarcito lo vigilaba. Este le robó las botas y las usó para llegar hasta el palacio del rey y ponerse a su servicio como mensajero, lo que le hizo enriquecerse de tal modo que ni él ni su familia volvieron a pasar hambre.
version_original: 
  • NOTA: esta pretendía ser la versión original del cuento de Perrault. Como muchos otros clásicos, está desfasado y es poco utilizable hoy día (de hecho, esta es una de las razones que dio origen a esta web, y siempre hemos aconsejado modificar este cuento si es para contárselo a los niños). No compartimos sus mensajes y contenidos, pero no deja de ser un clásico y creemos que su versión original, aun no teniendo el mismo valor educativo que antaño, sí tiene un valor cultural.
  • Sin embargo, nos hemos visto obligados a modificar el texto del cuento a instancias de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, y eliminar la parte en que el padre de Pulgarcito amenaza con pegar a su mujer. Como la DGVG no mencionó otros pasajes, hemos mantenido el resto del cuento, incluyendo el pasaje en que los padres abandonan a sus hijos y aquel en que son asesinadas 7 menores inocentes. Hemos aceptado esta imposición, pero nos parece un acto de censura moral sobre la cultura más propio de otra época
  • Como siempre aconsejamos, es fundamental leer previamente cualquier cuento que se vaya a contar a un menor para ver si concuerda con los valores que le queremos transmitir
* * * Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor sólo tenía diez años y el menor, alcanzaba los siete. Puede parecer extraño que el leñador tuviera tantos hijos en tan poco espacio de tiempo; pero es que su esposa trabajaba a destajo y los traía a pares. Eran muy pobres y sus siete hijos constituían una carga muy pesada, pues ninguno de ellos podía aún ganarse la vida. Sufrían todavía más porque el más pequeño era muy delicado y no pronunciaba una sola palabra, interpretando como imbecilidad lo que era un rasgo de la bondad de su espíritu. Era muy pequeñito, y cuando llegó al mundo no era más grande que el pulgar, lo que hizo que lo llamaran Pulgarcito. Este pobre niño era el sufrelotodo de la casa, y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más listo y el más perspicaz de todos sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho. * * * Vino un año de "vacas flacas", y la hambruna fue tan grande, que estas pobres gentes decidieron deshacerse de sus hijos. Una noche, mientras que los niños estaban acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le dijo con el corazón transido de dolor: -Estás viendo que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; no soportaría verlos morir de hambre ante mis ojos, y estoy decidido a abandonarlos mañana en el bosque, lo que será muy fácil, pues mientras ellos se entretienen haciendo haces con las astillas, nosotros huiremos sin que nos vean. -¡Ah! -exclamó la leñadora- ¿serías capaz de abandonar a tus hijos? Por más que su marido le hiciera ver muy claramente su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, después de considerar el gran dolor que le supondría verlos morir de hambre, consintió y fue a acostarse llorando. Pulgarcito escuchó todo lo que dijeron, pues, habiendo oido desde su cama que hablaban de asuntos importantes, se había levantado con mucho cuidado y se deslizó debajo del taburete de su padre para escucharlos sin ser visto. Después, volvió a la cama y no durmió más en toda la noche, pensando en lo que tenía que hacer. Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo a sus hermanos nada de todo lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus hijos a recoger ramitas para hacer haces. El padre y la madre, viéndolos ocupados en su trabajo, se alejaron de ellos con sumo cuidado y, luego, echaron a correr por un sendero apartado. Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a gritar y a llorar con todas sus fuerzas. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde regresarían a la casa; pues, mientras andaban, había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo: -No temáis, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo os llevaré de vuelta a casa, no tenéis más que seguirme. Lo siguieron y él los condujo hasta su casa por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, sino que se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre. * * * En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor del pueblo les envió diez escudos que les debía desde hacía tiempo y que ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía mucho tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que necesitaban para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo: -¡Qué lástima! ¿Dónde estarán ahora nuestros pobres hijos? Tendrían una buena comida con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, eres tú quien has querido abandonarlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo ahora en ese bosque? ¡Qué lástima, Dios mío!: ¡Quizás los lobos ya se los han comido! Eres inhumano al haber abandonado así a tus hijos. El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. [CENSURADO: se ha eliminado un párrafo que podría incitar a la violencia contra la mujer] La leñadora estaba deshecha en lágrimas. -¡Ay! ¿Dónde estaránn ahora mis hijos, mis pobres hijos? Lo dijo una vez tan fuerte, que los niños, que estaban en la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos: -¡Aquí estamos, aquí estamos! Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos: -¡Qué contenta estoy de volver a veros, mis queridos niños! Estaréis muy cansados y tendréis hambre; y tú, Pedrito, ¡cómo estás de embarrado! ¡Ven que te limpie! Pedrito era el hijo mayor, a quien más quería, porque era un poco pelirrojo, muy parecido a ella. Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que agradó mucho al padre y a la madre; contaron el miedo que habían pasado en el bosque, hablando casi siempre todos a la vez. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se acabó el dinero, volvieron a caer en la misma preocupación, y nuevamente decidieron abandonarlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez. No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser escuchados por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero, aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo conseguirlo pues encontró la puerta cerrada con doble vuelta de llave. No sabía qué hacer; cuando la leñadora les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno, pensó que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer las migajas a lo largo del camino por donde pasaran; lo guardó, pues, en el bolsillo. El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y, en cuanto llegaron, huyeron por un sendero apartado y abandonaron a los niños. Pulgarcito no se preocupó mucho, porque creía que podría encontrar fácilmente el camino, gracias al pan que había ido dejando caer por todas partes por donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola migaja; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo. Helos ahí, entonces, muy asustados, pues cuanto más caminaban más se perdían y se internaban en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a volver la cabeza hacia atrás. Empezó a caer una fuerte lluvia que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos. Pulgarcito trepó a lo alto de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba muy lejos, más allá del bosque. Bajó del árbol y, cuando llegó al suelo, ya no vio nada; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque. Llegaron, por fin, a la casa donde estaba la luz, no sin pasar mucho miedo, pues de cuando en cuando la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un declive del terreno. Llamaron a la puerta y una mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y le pedían por caridad que les dejara pasar allí la noche. La mujer, viéndolos a todos tan guapos, se puso a llorar y les dijo: -¡Vaya por Dios! Hijos míos, ¡adónde habéis venido a parar! ¿Sabéis que esta es la casa de un ogro que se come a los niños? -¡Ay, señora! -le respondió Pulgarcito, que temblaba como un azogado, lo mismo que sus hermanos-. ¿Qué podemos hacer? Los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Y siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás tenga compasión de nosotros, si usted se lo pide. La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse junto a un buen fuego, pues estaba asándose un cordero entero para la cena del ogro. Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer los escondió debajo de la cama y fue a abrir la puerta. Lo primero que preguntó el ogro fue si la cena estaba lista y si había sacado el vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca. -Será -le dijo su mujer- ese ternero que acabo de preparar. -Huelo a carne fresca, otra vez te lo digo -repuso el ogro mirando de reojo a su mujer- aquí hay algo que no comprendo. Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama. -¡Ah, maldita mujer! -dijo él-. ¡Cómo querías engañarme! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una vieja bestia. Esta caza me viene como anillo al dedo para invitar a tres ogros amigos mios que vendrán a verme estos días. Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres niños se arrodillaron pidiéndole perdón; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando hiciera una buena salsa con ellos. Fue a coger un enorme cuchillo y, mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo: -¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana? -Cállate -repuso el ogro-; así estarán más tiernos. -Pero si todavía tenéis mucha carne -prosiguió la mujer-; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un cerdo. -Tienes razón -dijo el ogro-; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse. La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían comer, de tanto miedo como tenían. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para agasajar a sus amigos. Bebió una docena de tragos más que de costumbre, lo que le produjo un poco de dolor de cabeza, y lo obligó a acostarse. * * * El ogro tenía siete hijas, muy pequeñas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un bonito color de cara, pues comían carne fresca, como su padre; pero tenían ojillos grises y redondos, la nariz ganchuda y una boca muy grande con puntiagudos dientes muy separados unos de otros. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños pequeños para chuparles la sangre. Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una cama grande, con una corona de oro en la cabeza cada una. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; allí acostó la mujer del ogro a los siete chicos, después de lo cual ella se fue a la cama al lado de su marido. Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y, temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y cogiendo los gorros de sus hermanos y el suyo, fue muy despacito a colocarlos en las cabezas de las siete hijas del ogro, después de haberles quitado sus coronas de oro, que puso sobre las cabezas de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los niños que quería degollar. La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Saltó , pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo: -Vamos a ver -dijo- cómo se portan estos pequeñajos; no lo pensemos dos veces. Subió a tientas a la habitación de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tocaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro: -¡Vaya, hombre -dijo-, buena la iba a hacer! Veo que anoche bebí más de la cuenta. Se dirigió después a la cama de sus hijas y, habiendo tocado los gorros de los chicos: -¡Ah! -exclamó- ¡aquí están nuestros mozuelos! ¡Pues, venga, manos a la obra! Y, diciendo esto, degolló sin vacilar a sus siete hijas. Luego, muy satisfecho de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer. Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima de la tapia. Corrieron durante toda la noche, siempre temblando y sin saber a dónde se dirigían. El ogro, al despertar, dijo a su mujer: -Anda arriba a preparar a esos pequeñajos de ayer. Muy sorprendida quedó la ogresa de la bondad de su marido, sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y, creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no sería su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en su propia sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que hacen casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que su mujer tardara demasiado en hacer la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo. -¡Ay! ¿qué hice? -exclamó-. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y ahora mismo! -Echó un jarro de agua en las narices de su mujer, haciéndola volver en sí: -Dame pronto mis botas de siete leguas -le dijo- para ir a atraparlos. Emprendió la marcha y, después de haber recorrido largos trayectos en todas direcciones, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres niños, que ya estaban sólo a cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro, que iba de montaña en montaña, y que cruzaba ríos con la misma facilidad con que hubiera cruzado el más pequeño riachuelo. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca del lugar donde estaban, hizo que sus hermanos se escondieran allí y se escondió él también, sin perder de vista lo que hacía el ogro. El ogro, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas fatigan demasiado), quiso descansar y, por casualidad, fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los niños. Como ya no podía más de cansancio, se durmió después de descansar un rato, y se puso a roncar de forma tan espantosa que los pobres niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo. Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran a toda prisa a casa, mientras el ogro dormía profundamente, y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y llegaron en seguida a su casa. Pulgarcito, acercándose al ogro, le sacó suavemente las botas y se las puso al instante. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de agrandarse y empequeñecerse según la pierna del que las calzaba, de manera que se ajustaban a sus pies y a sus piernas como si las hubieran hecho para él. Partió recto a casa del ogro, donde encontró a su mujer. que lloraba junto a sus hijas degolladas. -Su marido -le dijo Pulgarcito- está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si no les da todo el oro y la plata que tenga. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me vio y me pidió que viniera a avisarle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga de valor en la casa sin ocultar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas, como puede ver, para ir más deprisa, y también para que usted no creyera que estaba mintiendo. La buena mujer, muy asustada, le dio en el acto todo lo que tenía; pues este ogro no dejaba de ser un buen marido, aun cuando se comiera a los niños pequeños. Pulgarcito, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría. * * * Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, a decir verdad, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena tinta, y hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, se fue a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas de allí, y por el resultado de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército antes de acabar el día. El rey le prometió una gran cantidad de dinero si lo conseguía. Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde y, habiéndose dado a conocer por aquel primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, numerosas damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tener en cuenta lo que ganaba por ese lado. Después de ejercer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado una gran fortuna, volvió a casa de su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Acomodó a su familia. Compró cargos de nueva creación para su padre y para sus hermanos y así fue colocándolos a todos, al mismo tiempo que se creaba un excelente posición en la Corte.
Dibujo: 
Cuento de Pulgarcito
Cuento de Pulgarcito
Inicio: 
Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor sólo tenía diez años y el menor, alcanzaba los siete. Puede parecer extraño que el leñador tuviera tantos hijos en tan poco espacio de tiempo; pero es que su esposa trabajaba a destajo y los traía a pares...
Idea Principal: 
El ingenio y la inteligencia son mejores armas que la fuerza

Hansel y Gretel (La casita de chocolate)

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Los hermanos Grimm
Valor Educativo: 
El ingenio y la unión como forma de superar dificultades, que siempre pueden superarse
Ventajas: 
-- Ilustra la unión y la colaboración entre hermanos. -- Los niños ven que ellos mismos pueden resolver sus problemas -- Muestra el valor del ingenio como arma de los que son más débiles. -- Expresa de forma comprensible que las aparaciencias engañan, y que lo que puede parecer dulce e infantil puede esconder grandes peligros -- No es machista: es la niña quien acaba con la bruja y salva a su hermano
Inconvenientes: 
-- Afecta a la confianza en los padres, pues los niños no entenderán que abandonen a sus hijos. Mejor cambiar esa parte del cuento.
valoracion: 
Es un cuento con muchos elementos educativos. Lejos de la imagen idílica y un poco tontorrona de muchos cuentos clásicos, brillan el ingenio y la colaboración, y sobre todo, la capacidad de resolver los problemas uno mismo, por pequeño que sea. Su único punto negativo es que hoy día ningún niño entenderá que los padres abandonen en un bosque a sus hijos (hace siglos se llegaba a hacer, pero no hoy). Recomiendo cambiar esa parte del cuento; por ejemplo, puede decirse que los niños se perdieron siguiendo el olor del chocolate, o si se quiere cambiar poco, hacer ver que la madrastra era la bruja y tenía hechizado al padre o lo hizo a sus espaldas. En cualquier caso, es un cuento que encantará a los niños, sobre todo si tienen hermanos. Es más, si tienes un niño y una niña, les encantará hacer una representación del cuento, y ayudará muchísimo a que se sientan más unidos. Mis hijos se lo pasan en grande representando este cuento.
version_reducida: 
Hansel y Gretel son dos hermanos que son abandonados en el bosque. Perdidos, encuentran una casita de chocolate y dulces en la que vive una ancianita que les invita a pasar. Los niños se quedan, pero la ancianita resulta ser una bruja que encierra al niño en una jaula y lo engorda para comérselo, mientras la niña tiene que hacer tareas. Consiguen aplazar que la bruja se lo coma haciéndola creer que no engorda, mostrándole un hueso de pollo como si fuera el dedo del niño, pero la bruja se harta y decide comérselo igual. Le pide a la niña que prepare el horno, pero esta hace como que no sabe, y cuando la bruja se asoma para enseñarle, la empuja dentro y se quema. Los niños consiguen huir y encontrar el camino a casa con su padre.
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/lacasitadechocolate.mp3
version_original: 
Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de carestía que sufrió el país, llegó un momento en que el hombre ni siquiera podía ganarse el pan de cada día. Estaba el leñador una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, sin que las preocupaciones le dejaran pegar el ojo; finalmente, dijo, suspirando, a su mujer: - ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda? - Se me ocurre una cosa -respondió ella-. Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos. - ¡Por Dios, mujer! -replicó el hombre-. Eso no lo hago yo. ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque! No tardarían en ser destrozados por las fieras. - ¡No seas necio! -exclamó ella-. ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Ya puedes ponerte a aserrar las tablas de los ataúdes! -. Y no cesó de importunarle hasta que el hombre accedió -. Pero me dan mucha lástima -decía. Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que su madrastra aconsejaba a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hänsel: - ¡Ahora sí que estamos perdidos! - No llores, Gretel -la consoló el niño-, y no te aflijas, que yo me las arreglaré para salir del paso. Y cuando los viejos estuvieron dormidos, levantóse, púsose la chaquetita y salió a la calle por la puerta trasera. Brillaba una luna esplendoroso y los blancos guijarros que estaban en el suelo delante de la casa, relucían como plata pura. Hänsel los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel: - Nada temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará -y se acostó de nuevo. A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños: - ¡Vamos, holgazanes, levantaos! Hemos de ir al bosque por leña-. Y dando a cada uno un pedacito de pan, les advirtió-: Ahí tenéis esto para mediodía, pero no os lo comáis antes, pues no os daré más. Gretel se puso el pan debajo del delantal, porque Hänsel llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendieron los cuatro el camino del bosque. Al cabo de un ratito de andar, Hänsel se detenía de cuando en cuando, para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre: - Hänsel, no te quedes rezagado mirando atrás, ¡atención y piernas vivas! - Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós -respondió el niño. Y replicó la mujer: - Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana, que se refleja en la chimenea. Pero lo que estaba haciendo Hänsel no era mirar el gato, sino ir echando blancas piedrecitas, que sacaba del bolsillo, a lo largo del camino. Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre: - Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío. Hänsel y Gretel reunieron un buen montón de leña menuda. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con viva llama, dijo la mujer: - Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos, y descansad, mientras nosotros nos vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, vendremos a recogeros. Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos, y se quedaron profundamente dormidos. Despertaron, cuando ya era noche cerrada. Gretel se echó a llorar, diciendo: - ¿Cómo saldremos del bosque? Pero Hänsel la consoló: - Espera un poquitín a que brille la luna, que ya encontraremos el camino. Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño, cogiendo de la mano a su hermanita, guiose por las guijas, que, brillando como plata batida, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche, y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó: - ¡Diablo de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver! El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado. Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama, decía a su marido: - Otra vez se ha terminado todo; sólo nos queda media hogaza de pan, y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros. Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: «Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado». Pero la mujer no quiso escuchar sus razones, y lo llenó de reproches e improperios. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y, así, el hombre no tuvo valor para negarse. Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se hubieron dormido, levantóse Hänsel con intención de salir a proveerse de guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla: - No llores, Gretel, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará. A la madrugada siguiente se presentó la mujer a sacarlos de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo. - Hänsel, ¿por qué te paras a mirar atrás? -preguntóle el padre-. ¡Vamos, no te entretengas! - Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós. - ¡Bobo! -intervino la mujer-, no es tu palomita, sino el sol de la mañana, que brilla en la chimenea. Pero Hänsel fue sembrando de migas todo el camino. La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca había estado. Encendieron una gran hoguera, y la mujer les dijo: - Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogemos. A mediodía, Gretel partió su pan con Hänsel, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos; se despertaron cuando era ya de noche oscura. Hänsel consoló a Gretel diciéndole: - Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido, y que nos mostrarán el camino de vuelta. Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Hänsel a Gretel: - Ya daremos con el camino -pero no lo encontraron. Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr salir del bosque; sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres, recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que las piernas se negaban ya a sostenerlos, echáronse al pie de un árbol y se quedaron dormidos. Y amaneció el día tercero desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre. Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo, blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron, hasta llegar a una casita, en cuyo tejado se posó; y al acercarse vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar. - ¡Mira qué bien! -exclamó Hänsel-, aquí podremos sacar el vientre de mal año. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás cuán dulce es. Se encaramó el niño al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba en los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior: «¿Será acaso la ratita la que roe mi casita?» Pero los niños respondieron: «Es el viento, es el viento que sopla violento». Y siguieron comiendo sin desconcertarse. Hänsel, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Gretel sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo a dos carrillos. Abrióse entonces la puerta bruscamente, y salió una mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron de tal modo, que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo: - Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño. Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Hänsel y Gretel se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo. La vieja aparentaba ser muy buena y amable, pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos ventean la presencia de las personas. Cuando sintió que se acercaban Hänsel y Gretel, dijo para sus adentros, con una risotada maligna: «¡Míos son; éstos no se me escapan!». Levantóse muy de mañana, antes de que los niños se despertasen, y, al verlos descansar tan plácidamente, con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: «¡Serán un buen bocado!». Y, agarrando a Hänsel con su mano seca, llevólo a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Dirigióse entonces a la cama de Gretel y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole: - Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré. Gretel se echó a llorar amargamente, pero en vano; hubo de cumplir los mandatos de la bruja. Desde entonces a Hänsel le sirvieron comidas exquisitas, mientras Gretel no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía: - Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo. Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara. Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo: - Anda, Gretel -dijo a la niña-, a buscar agua, ¡ligera! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré. ¡Qué desconsuelo el de la hermanita, cuando venía con el agua, y cómo le corrían las lágrimas por las mejillas! «¡Dios mío, ayúdanos! -rogaba-. ¡Ojalá nos hubiesen devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!». - ¡Basta de lloriqueos! -gritó la vieja-; de nada han de servirte. Por la madrugada, Gretel hubo de salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. - Primero coceremos pan -dijo la bruja-. Ya he calentado el horno y preparado la masa -. Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas. - Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan -mandó la vieja. Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviese en su interior, asarla y comérsela también. Pero Gretel le adivinó el pensamiento y dijo: - No sé cómo hay que hacerlo; ¿cómo lo haré para entrar? - ¡Habráse visto criatura más tonta! -replicó la bruja-. Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella -y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno. Entonces Gretel, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír la de chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente. Corrió Gretel al establo donde estaba encerrado Hänsel y le abrió la puerta, exclamando: ¡Hänsel, estamos salvados; ya está muerta la bruja! Saltó el niño afuera, como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se arrojaron al cuello uno del otro, y qué de abrazos y besos! Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas. - ¡Más valen éstas que los guijarros! -exclamó Hänsel, llenándose de ellas los bolsillos. Y dijo Gretel: - También yo quiero llevar algo a casa -y, a su vez, se llenó el delantal de pedrería. - Vámonos ahora -dijo el niño-; debemos salir de este bosque embrujado -. A unas dos horas de andar llegaron a un gran río. - No podremos pasarlo -observó Hänsel-, no veo ni puente ni pasarela. - Ni tampoco hay barquita alguna -añadió Gretel-; pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río -. Y gritó: «Patito, buen patito mío Hänsel y Gretel han llegado al río. No hay ningún puente por donde pasar; ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?». Acercóse el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo. - No -replicó Gretel-, sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro. Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar, hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron entonces a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque; y en cuanto a la madrastra, había muerto. Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Dibujo: 
Cuento de Hansel y Gretel (La casita de chocolate)
Audiocuento: 

Buena versión de audio, con una versión modificada de las partes más crueles y controvertidas.

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Idea Principal: 
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Simbad el Marino

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Anónimo
Valor Educativo: 
Esfuerzo, superación e ingenio
Ventajas: 
-- Es un estupendo conjunto de aventuras -- Siempre muestra un deseo de lucha y superación que se apoya en el ingenio de Simbad.
Inconvenientes: 
-- Está más orientado a entretener que educar -- El esquema de los distintos viajes puede resultar un poco repetitivo -- Tiene algunos momentos crueles o un poco sanguinarios
valoracion: 
Simbad el Marino es un conjunto muy entretenido de viajes y aventuras, aunque su utilidad educativa se ve en ocasiones limitada por algunos pasajes un tanto crueles. Sin embargo, tiene un mensaje claro de lucha e inconformismo como búsqueda de una mejor fortuna, que se puede transmitir a través de la actitud de Simbad (aunque desgraciadamente parece movido por una actitud muy materialista). Varias de sus historias tienen cierta base en la mitología griega, por lo que comparten algunos de sus aspectos: son entretenidas, pero a menudo mundanas y poco moralizantes.
version_reducida: 
Simbad el cargador, cansado de llevar mercancías, se sienta para descansar en un banco a las puertas de la casa de un rico comerciante. Allí se queja a Alá por la injusticia de un mundo que permite a los ricos a vivir en la facilidad mientras que él debe trabajar y, sin embargo, sigue siendo pobre. El propietario de la casa, que resulta ser Simbad el marino, lo escucha, y decidido a explicarle que no todo fue tan fácil, empieza a contarle cómo se hizo rico en el curso de siete extraordinarios viajes donde sufrió todo tipo de calamidades y fortunas. Al terminar cada narración, Simbad entrega a su pobre invitado varias monedas de oro y le anima a volver al día siguiente para escuchar el siguiente viaje.
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/simbad-el-marino.mp3
version_original: 
Las aventuras de Simbad el Marino son una larga narración compuesta por siete viajes, en cada uno de los cuales Simbad vive una aventura completa, integradas dentro del compendio de historias mucho más amplio de Las mil y una noches. Sería imposible incluir aquí no solo la obra completa de Las mil y una noches, sino las aventuras completas de Simbad el Marino, pero añadimos el enlace a la versión íntegra de sus aventuras, dentro del texto de Las mil y una noches, en Wikisource: http://es.wikisource.org/wiki/Las_mil_y_una_noches:283 Lo que sigue a continuación es una versión más resumida y ligera de la historia de Simbad el Marino, con el contenido de sus viajes *********************** Hace tiempo, un pobre hombre llamado Simbad el Cargador vivía en la ciudad de Bagdad. Se mantenía con el duro trabajo de acarrear pesadas cargas al hombro. Un día de gran calor, sintió que iba a desfallecer bajo el enorme peso que conducía. Para descansar de la carga que llevaba sobre sus espaldas, se sentó en la calle, junto a una casa muy grande y lujosa. Las ventanas del imponente edificio estaban abiertas de par en par. Por eso Simbad el Cargador pudo sentir la fragancia de los más exquisitos alimentos, a la vez que llegaron a sus oídos las más bellas melodías que jamás había escuchado. No conocía esa parte de la ciudad; nunca había estado allí. Por eso sintió una gran curiosidad de saber a quién pertenecía ese lujoso palacio. Vio entonces a un sirviente que se encontraba frente a la puerta. Se acercó y le preguntó quién era el dueño de esa casa. Aquél le contestó: —Simbad el Marino, el viajero famoso. El pobre hombre a menudo había oído hablar de Simbad el Marino, de sus maravillosas riquezas y de sus extrañas aventuras. Pero no sabía que Simbad era tan feliz como él era infeliz. ¡Qué diferencia entre este hombre y yo! —exclamó. Mientras pensaba en su miseria, vino un sirviente a decirle que Simbad deseaba hablarle. Trató de Inventar una excusa; pero el sirviente, que ya había encomendado a otro que se ocupara de la carga de Simbad el Cargador , lo introdujo en el salón. A la cabecera de una mesa rodeada de gente, se encontraba Simbad. Era un hombre ya anciano, pero de rostro tan sonriente y de trato tan afable, que todo el mundo lo quería. Obligó al mandadero a comer algo de la fina comida que cubría totalmente la mesa, y después le preguntó cuál era su nombre y qué hacía. —Mí nombre, señor —dijo el pobre hombre—, es Simbad el Cargador, y solamente soy un mandadero. —Bien, Simbad el Cargador —dijo el antiguo viajero—, oí tus quejas y envié por ti para decirte que yo adquirí mis riquezas después de haber sufrido muchas incomodidades y de haber pasado muchos peligros difíciles de imaginar. Te diré que mis penalidades han sido tan grandes, que el temor de sufrirlas bastaría para desanimar al más ambicioso cazador de riquezas. Te las contaré. La promesa de esta historia fue muy bien recibida por la concurrencia. Y, tras ordenar a un sirviente que llevara la carga de Simbad el Cargador a su destino, Simbad empezó su relato. EL PRIMER VIAJE Mi padre murió cuando yo era joven y me dejó una gran fortuna. No tenía a nadie que me vigilara, así es que empecé a gastar mi dinero sin ninguna medida. No sólo malgasté mi tiempo, sino que también dañé mi salud y casi perdí todo cuanto tenía. Cuando caí enfermo, los amigos de mis aventuras me abandonaron y tuve bastante tranquilidad para pensar en los malos hábitos de mi juventud. Una vez mejor, junté lo poco que me quedaba, compré algunas mercaderías y con ellas me embarqué en el puerto de Basora. Durante el viaje tocamos tierra en varias islas, donde, con otros mercaderes que iban conmigo en el barco, vendimos o cambiamos nuestras cosas. Un día nos detuvimos junto a una isla pequeña. Como parecía un lugar agradable para desembarcar, decidimos comer en ella. Pero mientras reíamos y preparábamos nuestros alimentos, la isla empezó a moverse. Al mismo tiempo, la gente de a bordo se puso a gritar. Entonces nos dimos cuenta de que estábamos sobre el lomo de una gigantesca ballena. Algunos saltaron al bote y otros nadaron hacia el barco. Antes de que yo me alejara, el animal se sumergió en el océano. Sólo tuve oportunidad de cogerme de un trozo de madera que habíamos traído desde el velero para que nos sirviera de mesa. Sobre esta ancha viga fui arrastrado por la corriente, mientras los demás habían subido a bordo. Y, debido al estallido de una tormenta, el barco se alejó sin mí. Floté a la deriva esa noche y la siguiente. Al amanecer, una ola me lanzó a una diminuta isla. Ahí tuve agua fresca y fruta; encontré una cueva, me acosté y dormí varias horas. Después miré hacia los alrededores buscando señales de gente, pero no vi a nadie. Sin embargo, había numerosos caballos pastando juntos; pero no había rastros de otros animales. Al llegar el crepúsculo, comí algo de fruta y subí a un árbol para dormir seguro. A eso de la medianoche, un curioso sonido de trompetas y tambores atronó en la isla hasta el amanecer. Después pareció tan solitaria como antes. A la mañana siguiente, descubrí que la isla era muy pequeña y que no había más tierras a la vista. Entonces, me consideré perdido. Mis temores no fueron menos cuando me dirigí hacia la playa y vi que en ella abundaban serpientes de gran tamaño y otras alimañas. Sin embargo, pronto pude comprobar que eran tímidas y que cualquier ruido, incluso el más insignificante, las hacía sumergirse en el agua. Cuando llegó la noche, volví a subir al árbol. Y, como en la anterior, se escuchó el sonido de tambores y trompetas. Pero la isla continuaba siendo solitaria. Sólo al tercer día tuve la alegría de ver a un grupo de hombres montados a caballo. Estos, al descabalgar, quedaron muy sorprendidos de encontrarme allí. Les conté cómo había llegado, y ellos me informaron que eran caballerizos del Sultán Mihraj. También me dijeron que la isla pertenecía al genio Delial, quien la visitaba todas las noches trayendo sus instrumentos musicales. Y, por último, me contaron que el genio había dado permiso al Sultán para que amaestrara sus caballos en la isla. Ellos trabajaban en eso y cada seis meses elegían algunos caballos; con ese propósito se encontraban ahora en la isla. Los caballerizos me condujeron ante el Sultán Mihraj y éste me dio hospedaje en su palacio. Como yo le contaba historias acerca de las costumbres y maneras de la gente de otras tierras, pareció muy complacido por mi presencia.  Un día vi a varios hombres cargando un barco en el puerto y noté que algunos de los bultos eran de los que yo había embarcado en Basora. Me dirigí al capitán del barco y le dije: —Capitán, yo soy Simbad. Siguió caminando. —Ciertamente —dijo—, los pasajeros y yo vimos a Simbad tragado por las olas a muchas millas de aquí. Sin embargo, varios otros se acercaron y me reconocieron. Entonces, con palabras de felicitación por mi regreso, el capitán me devolvió los bultos. Hice un obsequio de cierta importancia al Sultán Mihraj, quien me dio un rico donativo en compensación. Compré algunas mercaderías más y fui a Basora. Al llegar al puerto vendí mi embarque y me encontré con una fortuna de miles de dinares. Por eso resolví vivir en la comodidad y esplendidez. EL SEGUNDO VIAJE Pronto me cansé de esa pacífica existencia en Basora. Entonces, compré más mercaderías y me hice de nuevo a la mar con varios comerciantes. Después de haber tocado muchos puertos, desembarcamos un día en una isla solitaria, donde yo, que había comido y bebido bastante, me acosté y me quedé dormido. Al despertar, me encontré con que mis amigos se habían marchado y el barco se había hecho a la vela. Al comienzo me sentí completamente abrumado y muy asustado; pero pronto empecé a conformarme y a perder el miedo. Trepé a la copa de un árbol y, a la distancia, vi algo muy voluminoso y blanco. Bajé a tierra y corrí hacia ese objeto de extraña apariencia. Cuando estuve cerca de él, descubrí que era una gran bola de cerca de un metro y cuarto de circunferencia, suave como el marfil, pero sin ningún tipo de abertura. Era casi la hora de la puesta del sol, cuando repentinamente el cielo empezó a oscurecerse. Miré hacia arriba y vi un pájaro de gran tamaño, que avanzaba como una enorme nube hacia mí. Recordé que había oído hablar de un ave llamada Roc, tan inmensa que podría llevarse elefantes pequeños. Entonces me di cuenta de que ese enorme objeto que estaba mirando era un huevo de este pájaro. A medida que él descendía, me estreché contra el huevo de manera que una de las extremidades de este animal alado quedó delante de mí. Su enorme pata era tan gruesa como el tronco de un árbol y me até firmemente a ella con la tela de mi turbante. Al amanecer, el pájaro se echó a volar y me sacó de la isla desierta. Tomó tanta altura que yo no podía ver la tierra y luego descendió tan velozmente que me desmayé. Cuando volví en mí, me encontré sobre suelo firme y con rapidez me desaté del paño que me sujetaba. Tan pronto como estuve libre, el ave, que había cogido una enorme serpiente, emprendió de nuevo el vuelo. Me encontré en un valle profundo, cuyos costados eran demasiado escarpados para escalarlos. A medida que andaba angustiado de acá para allá, advertí que el valle estaba sembrado de diamantes de gran tamaño y belleza. Pero pronto contemplé algo más que me causó temor: serpientes de tamaño gigantesco acechaban desde unos agujeros que había en todas partes. Al llegar la noche, me guarecí en una cueva cuya entrada cerré con las mayores piedras que pude recoger. Pero el silbido de las serpientes me mantuvo despierto toda la noche. Cuando retornó el día, las serpientes se metieron en sus agujeros y yo, con gran temor, salí de mi cueva. Caminé y caminé alejándome de las serpientes hasta sentirme seguro, y me eché a dormir. Fui despertado por algo que cayó cerca de mi. Era un inmenso trozo de carne fresca y, poco después, vi muchos otros pedazos. Tuve la certidumbre de que me encontraba en el Valle de los Diamantes, al cual los mercaderes arrojaban trozos de carne. Según ellos pensaban, las águilas acudirían a llevarse la carne en sus garras, de seguro con diamantes adheridos a ella. Me apresuré a recoger la mayor cantidad de diamantes que pude encontrar, los que introduje en una bolsa pequeña que amarré a mi cinturón. Luego busqué el mayor pedazo de carne que había caído sobre el valle. Lo amarré a mi cintura con la tela de mi turbante y me tendí boca abajo, en espera de las águilas. Muy pronto, una de las más vigorosas hizo presa de la carne a mis espaldas y voló conmigo a su nido en la cumbre de la montaña. Los comerciantes empezaron a gritar para asustar a las águilas y cuando consiguieron que las aves abandonaran su presa, uno de ellos vino al nido donde yo estaba. Al comienzo el hombre se asustó de yerme ahí, pero, recobrándose, me preguntó por qué estaba en ese lugar. Pronto les conté a él y a los demás mi historia. Quedaron muy sorprendidos de mi habilidad y valentía. Después abrí mi bolsa y les mostré su contenido. Me dijeron que jamás habían contemplado diamantes de tanto brillo y tanto tamaño como los míos. Los mercaderes y yo juntamos el total de nuestros diamantes. A la mañana siguiente abandonamos el lugar y atravesamos las montañas hasta llegar a un puerto. Tomamos un barco y navegamos hacia la isla de Roha, donde vendí algunos de mis diamantes y compré otras mercaderías. Regresé a Basora y después vine a Bagdad, mi ciudad natal, en la que viví en la abundancia a causa de las grandes ganancias que obtuve. EL TERCER VIAJE Como todavía no me acostumbraba a vivir tranquilamente, pronto decidí hacer un tercer viaje. Provisto de un cargamento de las más valiosas mercaderías de Egipto, de nuevo tomé un barco en el puerto de Basora. Después de unas pocas semanas de navegación, nos sobrevino una espantosa tempestad. Por último, debimos echar el anda junto a una isla de la que el capitán trató de alejarse con prontitud. Nos dijo que esta y otras islas cercanas estaban habitadas por enanos salvajes y peludos, quienes de repente nos atacarían en gran número. Muy pronto una inmensa cantidad de estos temibles salvajes, de cerca de sesenta centímetros de alto, subió a bordo. Su ataque fue inesperado. Derribaron nuestras velas, cortaron nuestros cables, remolcaron el barco a tierra y a todos nos obligaron a ir a la playa.  Fuimos hacia el centro de la isla y llegamos a un enorme edificio. Era un palacio majestuoso con una puerta de ébano, que empujamos y abrimos. Empezamos a recorrer las grandes salas y habitaciones, y pronto descubrimos un cuarto donde había huesos humanos y restos de asados. Al instante apareció un negro horrible y alto como una palmera. Tenía un solo ojo, sus dientes eran largos y afilados, y sus uñas parecían las garras de un pájaro. A mí me tomó como si fuera un gatito, pero al encontrarse con que yo sólo era piel y huesos, me puso de nuevo en tierra. El capitán, por ser el más gordo del grupo, fue el primero en ser devorado. Cuando el monstruo terminó su comida, se tendió sobre un gran banco de piedra existente en la habitación, y se quedó dormido, roncando más sonoramente que un trueno. Así durmió hasta el amanecer, en que se marchó. Entonces dije a mis amigos: —No perdamos tiempo en quejas inútiles. Apresurémonos a buscar madera para hacer botes. Encontramos algunas vigas en la playa y trabajamos firme para hacer los botes antes de que el gigante regresara. Por falta de herramientas, nos sorprendió el crepúsculo sin que nosotros hubiéramos terminado de fabricarlos. Mientras nos preparábamos para alejarnos de la playa, apareció el horrible gigante y nos condujo a su palacio como si fuésemos un rebaño de ovejas. Lo vimos comerse a otro de nuestros compañeros y luego tenderse a dormir. Nuestra situación desesperada nos infundió coraje. Nueve de nosotros nos levantamos sin hacer ruido y pusimos las puntas de los asadores al fuego hasta que enrojecieron. Después las introdujimos al mismo tiempo en el ojo del monstruo. Profirió un alarido espantoso y trató, en vano, de coger a alguno de nosotros. En seguida, abrió la puerta de ébano y abandonó el palacio. No permanecimos mucho rato en nuestro encierro, sino que nos apresuramos a ir a la playa. Alistados los botes, sólo esperamos la luz del día para aparejarles las velas. Pero al romper el alba vimos a nuestro cruel enemigo que venía acompañado de dos gigantes de su mismo tamaño y seguido por muchos otros de la misma clase. Saltamos sobre nuestros botes y nos alejamos de la playa a fuerza de remos y ayudados por la marea. Los gigantes, viéndonos a punto de escapar, desprendieron grandes trozos de roca y, metiéndose en el agua hasta la altura de sus cinturas, las arrojaron en contra nuestra con una fuerza increíble. Hundieron todos los botes, con excepción de uno, en el que yo me encontraba. Así, el total de mis amigos se ahogó, salvo dos. Remamos tan rápidamente como fuimos capaces, y nos pusimos fuera del alcance de los monstruos. Permanecimos dos días en el mar y, por fin, encontramos una isla agradable en la cual desembarcamos. Después de comer algo de fruta, nos acostamos a dormir. Sin embargo, pronto fuimos despertados por el silbido de una serpiente, y uno de mis compañeros fue engullido de inmediato por la terrible criatura. Subí a un árbol tan velozmente como pude y alcancé las ramas más altas. Mi otro compañero me siguió, pero el terrible animal reptó por el árbol y lo cogió. Entonces, la serpiente bajó y se escurrió a lo lejos. Esperé hasta el día siguiente antes de abandonar mi refugio. Al llegar el atardecer, amontoné palos, zarzas y espinas en unos hatillos que coloqué alrededor del árbol hasta donde empiezan las ramas. Después subí a las más altas. Por la noche la serpiente regresó otra vez, pero no pudo acercarse debidamente. Se arrastró en vano alrededor del vallado de zarza y espinas hasta el amanecer, instante en que se alejó. Al otro día yo estaba en tal estado de afiebramiento que decidí arrojarme al mar. Pero en el momento en que me disponía a saltar, vi las velas de un barco a cierta distancia. Con el lienzo de mi turbante hice una especie de bandera blanca como señal, la que agité hasta que fui visto por la gente del barco. Me llevaron a bordo y ahí conté todo lo que me había sucedido. El capitán fue muy amable y me dijo que tenía unos fardos de mercaderías que habían pertenecido a un comerciante al que, por casualidad, había dejado abandonado en la isla. Como este hombre ahora estaba muerto, quería vender las mercaderías y dar el dinero a los amigos del comerciante. El capitán agregó que yo podría tener la oportunidad de venderlas y así ganar un poco de dinero. Descubrí que éste era el capitán con quien había navegado en mi segundo viaje. Pronto lo hice recordar que yo era realmente Simbad, a quien él creía perdido. Se alegró de ello y de inmediato dijo que las mercaderías eran mías. Continué mi viaje, vendí mis existencias, reuní una gran fortuna y retorné a Bagdad. EL CUARTO VIAJE Mi afición a viajar por países extraños pronto despertó nuevamente, pues me sentí aburrido de los placeres del hogar. Entonces puse todo en orden y me fui por tierra a Persia. Allí compré una gran cantidad de mercancías, cargué un barco y navegué de nuevo. El velero chocó contra una roca y el cargamento se perdió. Varios viajeros y yo fuimos llevados por la corriente hasta una isla habitada por negros salvajes. Estos nos condujeron a sus chozas y nos dieron yerbas para comer. Mis compañeros las aceptaron de inmediato, porque tenían hambre. Pero el malestar que yo sentía me impidió comer. Muy pronto observé que las yerbas hacían perder la razón a mis amigos. Luego nos ofrecieron arroz mezclado con aceite de cocos y mis amigos lo engulleron en gran cantidad. Todo esto los hizo sabrosos para el gusto de los negros, que fueron comiéndose uno tras otro a mis infelices amigos. Pero yo estaba tan enfermo que ellos no pensaron en prepararme para ser comido. Me dejaron al cuidado de un viejo, de quien, por último, me escapé. Tuve la precaución de tomar un rumbo diferente al que los negros utilizaban, y no me detuve hasta el anochecer; dormí un poco y luego continué mi viaje. Al cabo de siete días avisté la playa, donde encontré a cierto número de personas blancas que recogían pimienta. Me preguntaron, en lengua árabe, quién era y de dónde venía. Les conté la historia de mi naufragio y de mi escapada de los negros salvajes. Me trataron muy amablemente y me llevaron ante su Rey, que fue muy bueno conmigo. Durante mi permanencia entre esa gente vi que cuando el Rey y sus nobles iban de caza, cabalgaban sin riendas y sin sillas de montar, de las cuales nunca habían oído hablar. Con la ayuda de algunos artesanos hice unas bridas y una montura, se las coloqué a uno de los caballos del Rey y le entregué el animal. Se puso tan contento, que subió inmediatamente y cabalgó casi todo el día por los alrededores. Los ministros de Estado y los nobles me pidieron que también les hiciera sillas y riendas para sus caballos. Me dieron tan costosos regalos por ellas, que pronto llegué a ser muy rico.  Por último, el Rey quiso que me casara y fuese un miembro de su nación. Por múltiples razones, yo no podía rehusar su petición. Entonces me asignó una de las damas de su Corte, la cual era joven, rica, hermosa y buena. Vivimos con la mayor de las felicidades en un palacio perteneciente a mi esposa. También había hecho amistad con un hombre muy digno de este lugar. Un día supe que su mujer había muerto y me apresuré a darle mi pésame por esa sensible pérdida. Nos quedamos a solas y parecía estar en la más profunda angustia. Después de que le hablé por un rato de lo inútil de su tristeza, me dijo que era ley del país que el marido debía ser enterrado vivo con la esposa muerta. Por lo tanto, dentro de una hora debería morir. Temblé de miedo ante esa mortal costumbre. En un momento, la mujer fue vestida con sus joyas y sus trajes más costosos, y colocada en un ataúd abierto. La marcha fúnebre comenzó y el marido caminó siguiendo el cuerpo de la muerta. El cortejo llegó a la cumbre de una alta montaña, donde la gente removió una gran piedra que cubría la boca de un pozo muy profundo. El féretro fue deslizado hacia abajo y el marido, después de despedirse de sus amigos, fue puesto dentro de otro ataúd abierto; en él había también un cántaro de agua y siete panes. Enseguida, este segundo ataúd fue deslizado hasta el fondo del pozo. Volvieron a colocar la piedra en la boca de la cueva y todos retornaron a sus hogares. El horror de esta escena aún estaba fresco en mi mente, cuando mi esposa cayó enferma y murió. El Rey y la Corte entera, a pesar de su cariño por mí, comenzaron a preparar el mismo tipo de funeral. Oculté mi sentimiento de horror hasta que llegamos a la cumbre de la montaña. Ahí me eché a los pies del Rey y le pedí me hiciera gracia de la vida. Todo lo que dije fue inútil y después de enterrada mi esposa también fui depositado en el pozo hondo, sin que nadie hiciera caso de mis gritos. Desperté el eco de la cueva con mis alaridos. Viví algunos días con el pan y el agua que habían sido puestos en mi ataúd. Pero estas provisiones rápidamente se acabaron. Entonces, caminé hacia un extremo de esta horrorosa cueva y me tendí para morir. Así estaba, deseando solamente que la muerte viniera pronto, cuando de repente oi algo que caminaba y jadeaba mucho. Me levanté de golpe, la cosa jadeó aun más y luego huyó. La perseguí; a veces parecía detenerse, pero, al acercarme, de nuevo avanzaba delante de mi. La seguí hasta que, a lo lejos, vi una luz débil como una estrella. Esto me hizo persistir en mi avance hasta que, por fin, encontré un agujero lo bastante ancho para permitirme escapar. Me arrastré a través de la abertura y me encontré sobre la playa. Supe entonces que la criatura era un monstruo marino que tenía la costumbre de entrar a la cueva y alimentarse de los cadáveres. La montaña, según noté, corría muchos kilómetros entre la ciudad y el mar. Sus costados cubiertos me ponían a salvo de cualquier arma en manos de quienes me habían enterrado vivo. Me puse de rodillas y agradecí a Dios por haberme librado de la muerte. Después de comer algunos mariscos, regresé a la cueva y reuní todas las joyas que pude encontrar en la oscuridad. Las llevé a la playa, las puse dentro de unas bolsas y las amarré con las cuerdas con que se bajaban los ataúdes. Luego permanecí junto a la playa en espera de algún barco que pudiera pasar. Al cabo de un par de días un velero salió del puerto y pasó cerca de ese lugar. Hice una señal y fui llevado a bordo. Me vi obligado a decir que había naufragado. Si hubieran conocido mi verdadera historia, yo habría sido enviado de vuelta, pues el capitán era un nativo del país. Tocamos tierra en varias islas, y en el puerto de Kela hallé un barco listo para zarpar hacia Basora. Di algunas joyas al capitán que me condujo hasta Kela y navegué para arribar finalmente a Bagdad. EL QUINTO VIAJE Ya olvidado de los peligros de mis primeros viajes, construí un velero a mis expensas, lo cargué con ricas mercaderías y, llevando conmigo a otros comerciantes, me hice una vez más a la vela. Después de habernos extraviado a causa de una tormenta, desembarcamos en una isla desierta en busca de agua fresca. Ahí encontramos un huevo de pájaro Roc, igual en tamaño al que yo había visto antes. Los mercaderes y marinos se reunieron a su alrededor. Aunque les recomendé no tocarlo ni hacer nada con él, lo partieron con sus hachas; extrajeron el polluelo de Roc y lo asaron. Apenas habían terminado, vimos venir volando hacia nosotros dos grandes pájaros. Nos apresuramos a subir a bordo y nos pusimos a navegar. No habíamos avanzado mucho cuando vimos las dos enormes aves que nos seguían y que pronto estuvieron volando sobre la embarcación. Una dejó caer una gigantesca piedra al mar, muy junto al barco. La otra soltó una piedra similar, que dio medio a medio de la cubierta. La embarcación se hundió. Me así a una viga librada del naufragio y, conducido por la corriente y la marea, llegué a una isla de orilla muy escarpada. Lo qué tierra seca y me refresqué con fruta fina y agua pura. Caminé un poco hacia el interior de la isla y vi a un débil anciano sentado cerca de la ribera. Al preguntarle cómo había llegado hasta ahí, sólo respondió pidiéndome, por medio de señales, que lo trasladara al otro lado del arroyo para poder comer algo de fruta. Lo tomé sobre mis hombros y atravesé. Pero, en vez de bajarse, apretó con tanta firmeza sus piernas alrededor de mi garganta que llegué a temer que me estrangulara. Dolorido y asustado, me desmayé de repente. Al volver en mí, el anciano aún estaba en su primera posición. Me obligó a levantarme rápidamente y a caminar bajo los árboles, mientras él cogía fruta a su gusto. Esto duró un largo tiempo. Un día, conduciéndolo por los contornos, arranqué una enorme calabaza, la limpié y exprimí dentro de ella el jugo de algunas uvas. La llené y lo dejé fermentar por varios días, hasta que, a la larga, el jugo se transformó en un vino excelente. Bebí de él y por unos momentos olvidé mis sufrimientos y empecé a cantar animadamente. El anciano me hizo darle la calabaza y, al gustar el sabor del vino, tomó hasta emborracharse, cayó de mis hombros y murió al fondo de un precipicio. Me apresuré a marchar hacia la playa y pronto me encontré con la tripulación de un barco. Me dijeron que había estado en poder del Viejo del Mar y que era el primer individuo que lograba escapar de sus manos. Navegué con ellos, y cuando desembarcamos, el capitán me presentó a ciertas personas cuyo trabajo era reunir cocos. Todos cogíamos piedras y las lanzábamos contra los monos situados en las copas de los cocoteros. Estos animales nos respondían arrojándonos infinidad de cocos. Una vez obtenida una cantidad que podíamos llevar con nosotros, regresábamos a la ciudad. Pronto tuve una buena suma de dinero, derivada de la venta de los cocos que había juntado y, por último, navegué hacia mi tierra natal. EL SEXTO VIAJE Al cabo de un año, estuve preparado para el sexto viaje. Este resultó muy largo y lleno de peligros, pues el piloto perdió el rumbo y no supo hacia dónde conducir el barco. Por fin nos dijo que, seguramente, nos haríamos pedazos contra unas rocas cercanas, hacia las cuales íbamos con rapidez. En unos pocos instantes, el velero había naufragado. Salvamos nuestras vidas, algunos alimentos y nuestras mercaderías. —Ahora —dijo el capitán—, cada hombre puede cavar su propia tumba. La playa a la que habíamos sido lanzados estaba al pie de una montaña imposible de escalar. Así las cosas, muy en breve vi a mis compañeros morir uno tras otro. En la roca había una cueva de temible aspecto en la que penetraba un río. Yo ya había perdido toda esperanza así es que decidí intentar salvarme a través de ese río. Me puse a trabajar e hice una balsa. La cargué con fardos de ricas telas y grandes trozos de cristal de roca, de los cuales la montaña estaba formada en su mayor parte. Subí a bordo de la balsa y me arrastró la corriente. Luego desapareció todo vestigio de luz, durante muchos días me deslicé en la oscuridad y, por último, me quedé totalmente dormido. Cuando desperté, me encontré en un país encantador. Mi balsa estaba atada a la orilla y algunos negros me dijeron que me habían encontrado flotando en el río que regaba sus tierras. Me alimentaron y después me preguntaron cómo había llegado hasta ahí. Me condujeron, juntamente con mis mercaderías, a presencia de su Rey. Una vez que estuvimos en la ciudad de Senderib, narré mi historia al Rey y éste dio órdenes de escribirla en letras de oro. Obsequié al soberano algunos de los trozos más bellos de cristal de roca y le rogué que me permitiera retornar a mi país, lo que consintió de inmediato. Más aún, me entregó una carta y algunos regalos dirigidos a mi propio príncipe, el califa Harún ar-Rashid. Estos eran un rubí convertido en una copa y cubierto de perlas; la piel de una serpiente que parecía de oro puro y podía curar todas las enfermedades; madera de áloe y alcanfor; y, además, una esclava de admirable belleza. Regresé a mi país, entregué los regalos al califa y éste me dio las gracias y una recompensa. EL SEPTIMO y ULTIMO VIAJE Un día, el califa Harún ar-Rashid envió por mí y me dijo que debía llevar un obsequio al rey de Senderib. A causa de mi edad y de los riesgos antes pasados, traté de rehuir el encargo del califa. Le resumí los graves peligros de mis otros viajes, pero no pude persuadirlo de que me dejara permanecer en mi hogar. En suma, arribé a Senderib y solicité ver inmediatamente al Rey. Fui conducido al palacio con mucho respeto y puse en manos del monarca la carta y el obsequio del califa. Este consistía en ciertas obras de arte de gran belleza y extraordinariamente valiosas. El Rey, muy complacido por este regalo, expresó su agrado y también se refirió extensamente a lo mucho que estimaba mis servicios. Cuando me despedí, me dio algunos ricos regalos. A poco de hacernos a la mar, el barco fue atacado por unos piratas, quienes se apoderaron del velero y se alejaron, llevándonos a nosotros como esclavos. Fui vendido a un mercader que, descubriendo que manejaba con cierta habilidad el arco y la flecha, me hizo subir tras de sí en un elefante y me llevó a una Inmensa foresta del país. Mi amo deseaba que yo me subiera a un árbol muy alto y allí esperara el paso de alguna manada de elefantes. Entonces debía dispararles flechas a cuantos pudiera y, si uno de ellos caía, debería correr a la ciudad y avisar al comerciante. Después de estas instrucciones, me entregó una bolsa con alimentos y me dejó solo. En la mañana del segundo día, avisté un gran número de elefantes y herí a uno de ellos mientras los demás huían. Regresé corriendo a la ciudad y di cuenta a mi amo. Quedó muy contento de mí y me alabó durante un buen rato. Regresamos al bosque y cavamos un hoyo en el cual el elefante debía permanecer hasta el momento de matarlo y, principalmente, de extraerle los colmillos. Desempeñé ese mismo trabajo, con el arco y la flecha, por casi dos meses. En verdad, cada día que pasaba yo daba muerte a un elefante. Pero, una mañana, todos estos vinieron hacia el árbol sobre el que me encontraba y lo sacudieron horriblemente. Uno de ellos rodeó el tronco con su trompa y lo arrancó de raíz. Caí junto al árbol y el animal me puso encima de su lomo. Luego, a la cabeza de la manada, me llevó a un sitio donde me depositó nuevamente en tierra y, enseguida, todos se marcharon. Me di cuenta de que me encontraba en una amplia y enorme colina, enteramente cubierta de huesos y colmillos de elefantes. Era su cementerio. Una vez más regresé a la ciudad a dar la noticia a mi amo, que pensaba que yo había perecido, porque había visto el árbol derribado, mi arco y mis flechas. Le conté lo que en realidad había sucedido y lo conduje a la colina del cementerio. Cargamos el elefante que nos transportaba con todos los colmillos que nos fue posible, y tuvimos tantos como un hombre puede recolectar en su vida entera. El comerciante dijo que no sólo él sino que toda la ciudad me debía mucho. Por esto, debería regresar a mi país con bastante riqueza para tener una vida feliz. Mi amo cargó un barco con ébano y los otros comerciantes me hicieron costosísimos regalos. Llegué a Basora y desembarqué mi marfil, que valía todavía mucho más dinero de lo que yo había pensado. Inicié un viaje por tierra con varios mercaderes hasta Bagdad, donde fui a ver al califa y le informé de cómo había cumplido sus órdenes. Quedó tan sorprendido de mi historia de los elefantes, que mandó escribirla en letras de oro y ponerla en su palacio. —Ahora que he terminado de contarte mis viajes —dijo Simbad—, yo te preguntaré, ¿no es justo que, a su término, yo pueda gozar de una vida quieta y pacífica? Simbad el Cargador besó la mano del antiguo viajero y dijo: —Yo pienso, señor, que mereces todas las riquezas y comodidades de que gozas. ¡Ojalá puedan durarte por una larga vida! Simbad le dio ricos presentes, le recomendó que abandonara su trabajo de mandadero y le ordenó que todos los días viniera a comer con él.
Dibujo: 
Simbad el marino
Cuento de Simbad el Marino
Audiocuento: 

Excelente versión resumida que recoge el detalle de uno de los viajes del cuento, el de el viejo del mar.

Inicio: 
Hace tiempo, un pobre hombre llamado Simbad el Cargador vivía en la ciudad de Bagdad. Se mantenía con el duro trabajo de acarrear pesadas cargas al hombro. Un día de gran calor, sintió que iba a desfallecer bajo el enorme peso que conducía. Para descansar de la carga que llevaba sobre sus espaldas, se sentó en la calle, junto a una casa muy grande y lujosa...
Idea Principal: 
Las cosas se consiguen con esfuerzo y sacrificio

El gato con botas

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Hasta 12 años
Autor: 
Charles Perrault
Valor Educativo: 
La paciencia, la inteligencia y el ingenio, nos pueden hacer llegar muy lejos
Ventajas: 
La humildad con la que el hijo pequeño acepta la herencia La confianza y paciencia que deposita el hijo del molinero en el gato La valentia y el ingenio del gato al enfrentarse a un montón de aventuras para salvar a su dueño, el hijo del molinero
Inconvenientes: 
La mentiras que inventa el gato para conseguir la popularidad de su dueño, con el único fin de conseguir la mano de la princesa; ya que si fuera pobre no tendría acceso a ella. Es triste que no triunfa el amor por amor, si no por el dinero.
valoracion: 
A diferencia de otros Cuentos Clásicos, en este no vemos la crudeza ni la extensión de otros, al revés, está escrito en un tono más alegre. Esta vez lo que diferencia la versión original con algunas de las demás es que la original es menos moralista, ya que pone de manifiesto que el engaño y la mentira dan beneficios más rápidamente que el trabajo bien hecho. En cambio, en versiones más modernas se eleva un poco el tono moralista en pasajes tales como cuando el gato le pide a los siervos del ogro que digan que su señor es el Marqués de Carabás, librándoles así de la tiranía del cruel ogro y no amenazándoles únicamente como lo hace en la versión original
version_reducida: 
El molinero del reino, deja únicamente en herencia al pequeño de sus hijos uno gato. Los otro dos hermanos corren mejor suerte, pero éste lejos de abandonar al gato, le escucha. El gato le dice que si confia en él, le consigue un par de botas y un saco, saldrán de la pobreza. La valentia y astucia, bien entendida, del gato le llevará a conocer al rey , y el hijo pequeño del molinero, a partir de ahora será llamado Marqués de Carabás, conocerá a la princesa y se casará con ella
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/el-gato-con-botas.mp3
version_original: 
Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino, su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba. El pobre joven amigo estaba bien inconforme por haber recibido tan poquito. -”Mis hermanos”- dijo él,-”pueden hacer una bonita vida juntando sus bienes, pero por mi parte, después de haberme comido al gato, y hacer unas sandalias con su piel, entonces no me quedará más que morir de hambre.” El gato, que oyó todo eso, pero no lo tomaba así, le dijo en un tono firme y serio: -”No te preocupes tanto, mi buen amo. Si me das un bolso, y me tienes un par de botas para mí, con las que yo pueda atravesar lodos y zarzales, entonces verás que no eres tan pobre conmigo como te lo imaginas.” El amo del gato no le dió mucha posibilidad a lo que le decía. Sin embargo, a menudo lo había visto haciendo ingeniosos trucos para atrapar ratas y ratones, tal como colgarse por los talones, o escondiéndose dentro de los alimentos y fingiendo estar muerto. Así que tomó algo de esperanza de que él le podría ayudar a paliar su miserable situación. Después de recibir lo solicitado, el gato se puso sus botas galantemente, y amarró el bolso alrededor de su cuello. Se dirigió a un lugar donde abundaban los conejos, puso en el bolso un poco de cereal y de verduras, y tomó los cordones de cierre con sus patas delanteras, y se tiró en el suelo como si estuviera muerto. Entonces esperó que algunos conejitos, de esos que aún no saben de los engaños del mundo, llegaran a mirar dentro del bolso. Apenas recién se había echado cuando obtuvo lo que quería. Un atolondrado e ingenuo conejo saltó a la bolsa, y el astuto gato, jaló inmediatamente los cordones cerrando la bolsa y capturando al conejo. Orgulloso de su presa, fue al palacio del rey, y pidió hablar con su majestad. Él fue llevado arriba, a los apartamentos del rey, y haciendo una pequeña reverencia, le dijo: -”Majestad, le traigo a usted un conejo enviado por mi noble señor, el Marqués de Carabás. (Porque ese era el título con el que el gato se complacía en darle a su amo).” -”Dile a tu amo”- dijo el rey, -”que se lo agradezco mucho, y que estoy muy complacido con su regalo.” En otra ocasión fue a un campo de granos. De nuevo cargó de granos su bolso y lo mantuvo abierto hasta que un grupo de perdices ingresaron, jaló las cuerdas y las capturó. Se presentó con ellas al rey, como había hecho antes con el conejo y se las ofreció. El rey, de igual manera recibió las perdices con gran placer y le dió una propina. El gato continuó, de tiempo en tiempo, durante unos tres meses, llevándole presas a su majestad en nombre de su amo. Un día, en que él supo con certeza que el rey recorrería la rivera del río con su hija, la más encantadora princesa del mundo, le dijo a su amo: -”Si sigues mi consejo, tu fortuna está lista. Todo lo que debes hacer es ir al río a bañarte en el lugar que te enseñaré, y déjame el resto a mí.” El Marqués de Carabás hizo lo que el gato le aconsejó, aunque sin saber por qué. Mientras él se estaba bañando pasó el rey por ahí, y el gato empezó a gritar: -”¡Auxilio!¡Auxilio!¡Mi señor, el Marqués de Carabás se está ahogando!” Con todo ese ruido el rey asomó su oído fuera de la ventana del coche, y viendo que era el mismo gato que a menudo le traía tan buenas presas, ordenó a sus guardias correr inmediatamente a darle asistencia a su señor el Marqués de Carabás. Mientras los guardias sacaban al Marqués fuera del río, el gato se acercó al coche y le dijo al rey que, mientras su amo se bañaba, algunos rufianes llegaron y le robaron sus vestidos, a pesar de que gritó varias veces tan alto como pudo: -”¡Ladrones!¡Ladrones!” En realidad, el astuto gato había escondido los vestidos bajo una gran piedra. El rey inmediatamente ordenó a los oficiales de su ropero correr y traer uno de sus mejores vestidos para el Marqués de Carabás. El rey entonces lo recibió muy cortésmente. Y ya que los vestidos del rey le daban una apariencia muy atractiva (además de que era apuesto y bien proporcionado), la hija del rey tomó una secreta inclinación sentimental hacia él. El Marqués de Carabás sólo tuvo que dar dos o tres respetuosas y algo tiernas miradas a ella para que ésta se sintiera fuertemente enamorada de él. El rey le pidió que entrara al coche y los acompañara en su recorrido. El gato, sumamente complacido del éxito que iba alcanzando su proyecto, corrió adelantándose. Reunió a algunos lugareños que estaban preparando un terreno y les dijo: -”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que los terrenos que ustedes están trabajando pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.” Cuando pasó el rey, éste no tardó en preguntar a los trabajadores de quién eran esos terrenos que estaban limpiando. -”Son de mi señor, el Marqués de Carabás.”- contestaron todos a la vez, pues las amenazas del gato los habían amedrentado. -”Puede ver señor”- dijo el Marqués, -”estos son terrenos que nunca fallan en dar una excelente cosecha cada año.” El hábil gato, siempre corriendo adelante del coche, reunió a algunos segadores y les dijo: -”Mis buenos amigos, si ustedes no le dicen al rey que todos estos granos pertenecen al Marqués de Carabás, los harán en picadillo de carne.” El rey, que pasó momentos después, les preguntó a quien pertenecían los granos que estaban segando. -”Pertenecen a mi señor, el Marqués de Carabás.”- replicaron los segadores, lo que complació al rey y al marqués. El rey lo felicitó por tan buena cosecha. El fiel gato siguió corriendo adelante y decía lo mismo a todos los que encontraba y reunía. El rey estaba asombrado de las extensas propiedades del señor Marqués de Carabás. Por fin el astuto gato llegó a un majestuoso castillo, cuyo dueño y señor era un ogro, el más rico que se hubiera conocido entonces. Todas las tierras por las que había pasado el rey anteriormente, pertenecían en realidad a este castillo. El gato que con anterioridad se había preparado en saber quien era ese ogro y lo que podía hacer, pidió hablar con él, diciendo que era imposible pasar tan cerca de su castillo y no tener el honor de darle sus respetos. El ogro lo recibió tan cortésmente como podría hacerlo un ogro, y lo invitó a sentarse. -”Yo he oído”- dijo el gato, -”que eres capaz de cambiarte a la forma de cualquier criatura en la que pienses. Que tú puedes, por ejemplo, convertirte en león, elefante, u otro similar.” -”Es cierto”- contestó el ogro muy contento, -”Y para que te convenzas, me haré un león.” El gato se aterrorizó tanto por ver al león tan cerca de él, que saltó hasta el techo, lo que lo puso en más dificultad pues las botas no le ayudaban para caminar sobre el tejado. Sin embargo, el ogro volvió a su forma natural, y el gato bajó, diciéndole que ciertamente estuvo muy asustado. -”También he oído”- dijo el gato, -”que también te puedes transformar en los animales más pequeñitos, como una rata o un ratón. Pero eso me cuesta creerlo. Debo admitirte que yo pienso que realmente eso es imposible.” -”¿Imposible?”- Gritó el ogro, -”¡Ya lo verás!” Inmediatamente se transformó en un pequeño ratón y comenzó a correr por el piso. En cuanto el gato vio aquello, lo atrapó y se lo tragó. Mientras tanto llegó el rey, y al pasar vio el hermoso castillo y decidió entrar en él. El gato, que oyó el ruido del coche acercándose y pasando el puente, corrió y le dijo al rey: -”Su majestad es bienvenido a este castillo de mi señor el Marqués de Carabás.” -”¿Qué?¡Mi señor Marqués!” exclamó el rey, -”¿Y este castillo también te pertenece? No he conocido nada más fino que esta corte y todos los edificios y propiedades que lo rodean. Entremos, si no te importa.” El marqués brindó su mano a la princesa para ayudarle a bajar, y siguieron al rey, quien iba adelante. Ingresaron a una espaciosa sala, donde estaba lista una magnífica fiesta, que el ogro había preparado para sus amistades, que llegaban exactamente ese mismo día, pero no se atrevían a entrar al saber que el rey estaba allí. Su majestad estaba perfectamente encantado con las buenísimas cualidades de mi señor el Marqués de Carabás, y observando que su hija se había enamorado violentamente de él, y después de haber visto sus grandes posesiones, y además de haber bebido ya cinco o seis vasos de vino, le dijo: -”Será solamente tu culpa, mi señor Marqués de Carabás, si no llegas a ser mi yerno.” El marqués, haciendo varias pequeñas reverencia, aceptó el honor que Su Majestad le estaba confiriendo, y enseguida, ese mismo día se casó con la princesa. El gato llegó a ser un gran señor, y ya no tuvo que correr tras los ratones, excepto para entretenerse.
Dibujo: 
Cuento de El gato con botas
Inicio: 
aa
Idea Principal: 
aa

El sastrecillo valiente

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Los hermanos Grimm
Valor Educativo: 
Confianza en uno mismo, ingenio
Ventajas: 
-- Muestra la superioridad del ingenio sobre la fuerza -- Promueve la confianza y la autoestima
Inconvenientes: 
-- En ocasiones parace justificar la mentira o la presunción
valoracion: 
El mensaje educativo de este cuento sigue vigente con el paso de los años, anteponiendo siempre el ingenio a la fuerza real. Y es también una buena muestra de la importancia de la confianza en uno mismo. Sin embargo, el cuento se acerca en ocasiones al engaño y la mentira, por lo que puede llegar a ser necesario tener que aclarar algunas ideas al contarlo, o contar el cuento junto a otros específicos que traten el tema de la sinceridad. De forma indirecta también porta el cuento un mensaje muy positivo sobre el inconformismo y la capacidad que tenemos siempre de mejorar en base a nuestros méritos. Es también un cuento simpático y divertido que gustará a los niños
version_reducida: 
Tras matar a 7 moscas de un golpe, un pequeño sastre se sintió muy orgulloso e hizo saber a todos que había matado "a 7 de un golpe". Pensando que serían personas, la gente comenzó a creer que era un gran guerrero. Aprovechando su ingenio, consiguió impresionar primero a un gigante y sus amigos, y luego al propio rey, quien, con grandes promesas, le sometió a distintas pruebas para librar al reino de dos gigantes, un unicornio y un jabalí. El sastrecillo las superó todas gracias a su ingenio, lo que confirmó a todos que era un temible guerrero. Y de esta forma, consiguió la mitad del reino y la mano de la princesa.
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/el-sastrecillo-valiente.mp3
version_original: 
Una mañana de primavera se encontraba un humilde sastrecillo sentado junto a su mesa, al lado de la ventana. Estaba de buen humor y cosía con entusiasmo; en esto, una campesina pasaba por la calle pregonando su mercancía: -¡Vendo buena mermelada! ¡Vendo buena mermelada! Esto sonaba a gloria en los oídos del sastrecillo, que asomó su fina cabeza por la ventana y llamó a la vendedora: -¡Venga, buena mujer, que aquí la aliviaremos de su mercancía! Subió la campesina las escaleras que llevaban hasta el taller del sastrecillo con su pesada cesta a cuestas; tuvo que sacar todos los tarros que traía para enseñárselos al sastre. Éste los miraba y los volvía a mirar uno por uno, metiendo en ellos las narices; por fin, dijo: -La mermelada me parece buena, así que pésame dos onzas, buena mujer, y si llegas al cuarto de libra, no vamos a discutir por eso. La mujer, que esperaba una mejor venta, le dio lo que pedía y se marchó malhumorada y refunfuñando: -¡Muy bien -exclamó el sastrecillo-, que Dios me bendiga esta mermelada y me dé salud y fuerza! Y, sacando un pan de la despensa, cortó una rebanada grande y la untó de mermelada. -Parece que no sabrá mal -se dijo-; pero antes de probarla, terminaré este jubón. Dejó la rebanada de pan sobre la mesa y continuó cosiendo; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas. Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía de la mermelada se extendía por la habitación, hasta las paredes donde las moscas se amontonaban en gran número; éstas, sintiéndose atraídas por el olor, se lanzaron sobre el pan como un verdadero enjambre. -¡Eh!, ¿quién os ha invitado? -gritó el sastrecillo, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas. El sastrecillo, por fin, perdió la paciencia; irritado, cogió un trapo y, al grito de: «¡Esperad, que ya os daré!», descargó sin compasión sobre ellas un golpe tras otro. Al retirar el trapo y contarlas, vio que había liquidado nada menos que a siete moscas. -¡Vaya tío estás hecho! -exclamó, admirado de su propia valentía-; esto tiene que saberlo toda la ciudad. Y, a toda prisa, el sastrecillo cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras: «¡Siete de un golpe!» -¡Qué digo la ciudad! -añadió-; ¡el mundo entero tiene que enterarse de esto! -y su corazón palpitaba de alegría como el rabo de un corderillo. Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir al mundo, convencido de que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que pudiera llevarse; pero sólo encontró un queso viejo, que se metió en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo, junto al queso. Luego se puso valientemente en camino y, como era delgado y ágil, no sentía ningún cansancio. El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo más alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando plácidamente el paisaje. El sastrecillo se le acercó con atrevimiento y le dijo: -¡Buenos días, camarada! ¿Qué tal? Estás contemplando el ancho mundo, ¿no? Hacia él voy yo precisamente, en busca de fortuna. ¿Quieres venir conmigo? El gigante miró al sastrecillo con desprecio y le dijo: -¡Quítate de mi vista, imbécil! ¡Miserable criatura...! -¿Ah, sí? -contestó el sastrecillo, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón-; ¡aquí puedes leer qué clase de hombre soy! El gigante leyó: «Siete de un golpe» y, pensando que se trataba de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba: agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua. -¡A ver si lo haces -dijo-, ya que eres tan fuerte! -¿Nada más que eso? -preguntó el sastrecillo-. ¡Para mí es un juego de niños! Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo. -¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece? El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecillo. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla. -Anda, hombrecito, a ver si haces algo parecido. -Un buen tiro -dijo el sastrecillo-, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás. Y sacando al pájaro del bolsillo, lo lanzó al aire. El pájaro, encantado de verse libre, se elevó por los aires y se perdió de vista. -¿Qué te pareció este tiro, camarada? -preguntó el sastrecillo. -Tirar piedras sí que sabes -admitió el gigante-. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna de este nombre. Y llevando al sastrecillo hasta un majestuoso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo: -Si eres verdaderamente fuerte, ayúdame a sacar este árbol del bosque. -Con mucho gusto -respondió el sastrecillo-. Tú, cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré de la copa, que es lo más pesado . En cuanto el gigante se echó al hombro el tronco, el sastrecillo se sentó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo que cargar también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecillo iba de lo más contento allí detrás y se puso a tararear la canción: «Tres sastres cabalgaban a la ciudad», como si el cargar árboles fuese un juego de niños. El gigante, después de llevar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó: -¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol! El sastrecillo saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo: -¡Un grandullón como tú y ni siquiera puedes cargar con un árbol! Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, agarrando la copa, donde cuelgan las frutas más maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol y, en cuanto lo soltó el gigante, volvió a enderezarse, arrastrando al sastrecillo por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo: -¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar esa delgada varilla? -No es que me falten fuerzas -respondió el sastrecillo-. ¿Crees que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes! El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecillo se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante: -Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra cueva y pasa la noche con nosotros. El sastrecillo aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego; cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecillo miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller». El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente saltarín. A la mañana siguiente, los gigantes, sin acordarse ya del sastrecillo, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron venir hacia ellos tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar y, creyendo que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado. El sastrecillo prosiguió su camino, siempre a la buena de Dios. Tras mucho caminar, llegó al jardín del palacio real y, como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras dormía, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron de arriba a abajo y leyeron en el cinturón: «Siete de un golpe». -¡Ah! -exclamaron-. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero. Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que, en modo alguno, debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo y envió a uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció junto al durmiente y, cuando vio que abría los ojos y despertaba, le comunicó la propuesta del rey. -Precisamente por eso he venido aquí -respondió el sastrecillo-. Estoy dispuesto a servir al rey. Así que lo recibieron con todos los honores y le prepararon una residencia especial para él. Pero los soldados del rey estaban molestos con él y deseaban verlo a mil leguas de distancia. -¿Qué ocurrirá? -comentaban entre sí-. Si nos peleamos con él y nos ataca, a cada golpe derribará a siete. Eso no lo resistiremos. Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del ejército. -No estamos preparados -le dijeron- para estar al lado de un hombre capaz de matar a siete de un golpe. El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder a todos sus fieles servidores. Se lamentaba de haber visto al sastrecillo y, gustosamente, se habría desembarazado de él; pero no se atrevía a hacerlo, por miedo a que lo matara junto a todos los suyos y luego ocupase el trono. Estuvo pensándolo largamente hasta que, por fin, encontró una solución. Mandó decir al sastrecillo que, siendo tan poderoso guerrero, tenía una propuesta que hacerle: en un bosque del reino vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si él lograba vencer y exterminar a estos dos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como dote nupcial; además, cien jinetes lo acompañarían y le prestarían su ayuda. «¡No está mal para un hombre como tú!» -se dijo el sastrecillo-. «Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días». -Claro que acepto -respondió-. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no necesito a los cien jinetes. El que derriba a siete de un solo golpe no tiene por qué asustarse con dos. Así, pues, el sastrecillo se puso en marcha, seguido por los cien jinetes. Al llegar al lindero del bosque, dijo a sus acompañantes: -Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes. Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar por todas partes. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes: estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecillo, ni corto ni perezoso, se llenó los bolsillos de piedras y trepó al árbol. Antes de llegar a la copa se deslizó por una rama hasta situarse justo encima de los durmientes; entonces fue tirando a uno de los gigantes una piedra tras otra, apuntándole al pecho. El gigante, al principio, no sintió nada, pero finalmente reaccionó dando un empujón a su compañero y diciéndole: -¿Por qué me pegas? -Estás soñando -dijo el otro-; yo no te estoy pegando. De nuevo se volvieron a dormir y, entonces, el sastrecillo le tiró una piedra al otro. -¿Qué significa esto? -gruñó el gigante-. ¿Por qué me tiras piedras? -No te he tirado ninguna piedra -refunfuñó el primero. Aún estuvieron discutiedo un buen rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y volvieron a cerrar los ojos. El sastrecillo siguió con su peligroso juego. Esta vez, eligiendo la piedra más grande, se la tiró con toda su fuerza al primer gigante, dándole en todo el pecho. -¡Esto ya es demasiado! -gritó furioso el gigante. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo temblar. El otro le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron golpeándose con ellos hasta que ambos cayeron muertos al mismo tiempo. Entonces bajó del árbol el sastrecillo. -Es una suerte que no hayan arrancado el árbol en que me encontraba -se dijo-, pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla; menos mal que soy ágil. Y, desenvainando la espada, asestó unos buenos tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se fue a ver a los jinetes y les dijo: -Se acabaron los gigantes, aunque debo reconocer que ha sido un trabajo verdaderamente duro: desesperados, se pusieron a arrancar árboles para defenderse; pero, cuando se tiene enfrente a alguien como yo, que mata a siete de un golpe, no hay nada que valga. -¿Y no estás herido? -preguntaron los jinetes. -No piensen tal cosa -dijo el sastrecillo-; no me tocaron ni un pelo. Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo. El sastrecillo se presentó al rey para exigirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe. -Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino -le dijo-, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. En el bosque se encuentra un unicornio que hace grandes estragos y debes capturarlo primero. -Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes -respondió el sastrecillo- Siete de un golpe: ésa es mi especialidad. Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus escoltas que lo esperasen fuera. No tuvo que buscar mucho: el unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a atravesarlo con su único cuerno sin ningún tipo de contemplaciones. -Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas -dijo el sastrecillo. Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con toda su fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente que, por más que lo intentó, ya no pudo sacarlo y quedó aprisionado. -¡Ya cayó el pajarillo! -dijo el sastre. Y saliendo de detrás del árbol, ató la cuerda al cuello del unicornio y cortó el cuerno de un hachazo; cogió al animal y se lo presentó al rey. Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo: antes de que la boda se celebrase, el sastrecillo tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores. -¡No faltaba más! -dijo el sastrecillo-. ¡Si es un juego de niños! Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse a él de nuevo. Tan pronto vio al sastrecillo, el jabalí se lanzó sobre él con sus afilados colmillos echando espuma por la boca. A punto de alcanzarlo, el ágil héroe huyó a todo correr en dirección hacia una ermita que estaba en las cercanías; entró en ella y, de un salto, pudo salir por la ventana del fondo. El jabalí había entrado tras él en la ermita; pero ya el sastrecillo había dado la vuelta y le cerró la puerta de un golpe, con lo que el enfurecido animal quedó apresado, pues era demasiado torpe y pesado como para saltar por la ventana. El sastrecillo se apresuró a llamar a los cazadores, para que contemplasen al animal en su prisión. El rey, acabadas todas sus tretas, tuvo que cumplir su promesa y le dio al sastrecillo la mano de su hija y la mitad de su reino, celebrándose la boda con gran esplendor, aunque con no demasiada alegría. Y así fue como se convirtió en todo un rey el sastrecillo valiente. Pasado algún tiempo, la joven reina oyó a su esposo hablar en sueños: -Mozo, cóseme la chaqueta y echa un remiendo al pantalón, si no quieres que te dé entre las orejas con la vara de medir. Entonces la joven se dio cuenta de la baja condición social de su esposo, yéndose a quejar a su padre a la mañana siguiente, rogándole que la liberase de un hombre que no era más que un pobre sastre. El rey la consoló y le dijo: -Deja abierta esta noche la puerta de tu habitación, que mis servidores entrarán en ella cuando tu marido se haya dormido; lo secuestrarán y lo conducirán en un barco a tierras lejanas. La mujer quedó complacida con esto, pero el fiel escudero del rey, que oyó la conversación, comunicó estas nuevas a su señor. -Tengo que acabar con esto -dijo el sastrecillo. Cuando llegó la noche se fue a la cama con su mujer como de costumbre; la esposa, al creer que su marido ya dormía, se levantó para abrir la puerta del dormitorio, volviéndose a acostar después. Entonces el sastrecillo, fingiendo que dormía, empezó a dar voces: -Mozo, cóseme la chaqueta y echa un remiendo al pantalón, si no quieres que te dé entre las orejas con la vara de medir. He derribado a siete de un solo golpe, he matado a dos gigantes, he cazado a un unicornio y a un jabalí. ¿Crees acaso que voy a temer a los que están esperando frente a mi dormitorio? Los criados, al oir estas palabras, salieron huyendo como alma que lleva el diablo y nunca jamás se les volvería a ocurrir el acercarse al sastrecillo. Y así, el joven sastre siguió siendo rey durante toda su vida.
Dibujo: 
El sastrecillo valiente
Cuento de El sastrecillo valiente
Audiocuento: 

Versión original del cuento con una gran narradora.

Inicio: 
Una mañana de primavera se encontraba un humilde sastrecillo sentado junto a su mesa, al lado de la ventana. Estaba de buen humor y cosía con entusiasmo; en esto, una campesina pasaba por la calle pregonando su mercancía...
Idea Principal: 
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Los tres cerditos

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Popular
Valor Educativo: 
El valor del trabajo bien hecho
Ventajas: 
La moraleja es excelente. Los cerditos utilizan su propio ingenio. No es violento (el "malo" no acaba muriendo) Promueve la solidaridad (los cerditos se acogen cuando pierden su casa) Tiene una frase que ayuda a recordar ("soplaré y soplaré y la casa derribaré")
Inconvenientes: 
El lobo se muestra como ser maligno sin solución
valoracion: 
El cuento de los 3 cerditos y el lobo es uno de los cuentos tradicionales que mejor ha resistido el paso del tiempo. Hoy día sigue siendo un cuento original y creativo, con una moraleja perfectamente válida y actual. Fomenta en un mismo cuento valores como el trabajo planificado y bien hecho, el ingenio para resolver los nuevos problemas según surgen y la ayuda a quienes están en problemas. Un clásico con el que todos aprendimos que antes de la diversión es la obligación.
version_reducida: 
Tres cerditos hacen sus casas, pero para tardar menos y jugar, los dos primeros las hacen de paja y maderas, mientras el mayor se esfuerza más y la hace de ladrillo. Cuando llega el lobo feroz, soplando tira las casas del primero y luego del segundo, que se refugian en la del tercero. Como no puede tirar la última casa soplando, trata de entrar por la chimenea, pero los cerditos preparan un caldero y el lobo huye abrasado.
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/los-tres-cerditos.mp3
version_original: 
El cuento de los tres cerditos y el lobo feroz es un cuento popular que no tiene una versión original clara y definida. Algunos de los cuentos de Perrault y los hermanos Grimm son similares, aunque ninguna es una versión oficial de este cuento que ayudó a popularizar Disney en los años 30. Esta que sigue es una versión un poco más desarrollada extraída de wikipedia Había una vez tres cerditos que eran hermanos, y se fueron por el mundo a buscar fortuna. A los tres cerditos les gustaba la música y cada uno de ellos tocaba un instrumento. El más pequeño tocaba la flauta, el mediano el violín y el mayor tocaba el piano... A los otros dos les pareció una buena idea, y se pusieran manos a la obra, cada uno construyendo su casita. - La mía será de paja - dijo el más pequeño-, la paja es blanda y se puede sujetar con facilidad. Terminaré muy pronto y podré ir a jugar. El hermano mediano decidió que su casa sería de madera: - Puedo encontrar un montón de madera por los alrededores, - explicó a sus hermanos, - Construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y me iré también a jugar. El mayor decidió construir su casa con ladrillos. - Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para asar las bellotas y hacer caldo de zanahorias. Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban en la puerta, felices por haber acabado con el problema. De detrás de un árbol grande surgió el lobo, rugiendo de hambre y gritando: - Cerditos, ¡os voy a comer! Cada uno se escondió en su casa, pensando que estaban a salvo, pero el Lobo Feroz se encaminó a la casita de paja del hermano pequeño y en la puerta aulló: - ¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré! Y sopló con todas sus fuerzas: sopló y sopló y la casita de paja se vino abajo. El cerdito pequeño corrió lo más rápido que pudo y entró en la casa de madera del hermano mediano. De nuevo el Lobo, más enfurecido que antes al sentirse engañado, se colocó delante de la puerta y comenzó a soplar y soplar gruñendo: - ¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré! La madera crujió, y las paredes cayeron y los dos cerditos corrieron a refugiarse en la casa de ladrillo del mayor.El lobo estaba realmente enfadado y hambriento, y ahora deseaba comerse a los Tres Cerditos más que nunca, y frente a la puerta bramó: - ¡Soplaré y soplaré y la puerta derribaré! Y se puso a soplar tan fuerte como el viento de invierno Sopló y sopló, pero la casita de ladrillos era muy resistente y no conseguía su propósito. Decidió trepar por la pared y entrar por la chimenea. Se deslizó hacia abajo... Y cayó en el caldero donde el cerdito mayor estaba hirviendo sopa de nabos. Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo hacia el lago Los cerditos no le volvieron a ver. El mayor de ellos regañó a los otros dos por haber sido tan perezosos y poner en peligro sus propias vidas.
Dibujo: 
Cuento de los tres cerditos
Audiocuento: 
boomp3.com

No he podido confirmarlo, pero creo que la version original de este audiocuento se creó para este interesante blog de poesías, canciones y cuentos infantiles creado por Lorena, Cristina, Inma, Estefanía y Navara.

Inicio: 
Erase una vez
Idea Principal: 
Hay que esforzarse por hacer las cosas bien, aunque eso suponga menos diversión
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