Cuentos de aventuras

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Cuentos de aventuras

Usa estos breves cuentos para mejorar tu familia: te ayudarán a ser mejor padre o madre, a que tus hijos sean mejores niños y a que tu bebé se desarrolle emocional e intelectualmente sano.


Abajo tienes nuestra lista de cuentos para niños sobre aventuras. Tocando su icono los podrás leer, descargar como pdf o escuchar como mp3

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Buscas cuentos de aventuras cortos que diviertan, enseñen y enamoren?... ¡esta es tu aventura! --¿Lo mejor?-- originales sugerencias y actividades post lectura para que tus cuentos conquisten su corazón y su mente ¡Entra, no dejes pasar el tren!

Una minúscula gota de magia, un cuento sobre Aplazar las recompensas

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Cuento para aprender a tener paciencia y aplazar las recompensas

"La capacidad de aplazar las recompensas y vencer la impulsividad permite conseguir a largo plazo metas mucho más valiosas"

Adiós a la ley de la selva (I): El león, un cuento sobre Evitar el bullying

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El león: el rey de la selva

"La fuerza no sirve para ganarse el respeto de nadie si no es usada al servicio de la justicia y el bien de los demás"

Barba Flamenco y el recortador de cuentos, un cuento sobre Disfrutar de los cuentos en familia

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Un divertido cuento de piratas

"Un divertido cuento de piratas para descubrir que todos, grandes y pequeños, podemos disfrutar del momento del cuento"

En busca del peor libro del mundo, un cuento sobre Lectura y escritura

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Un cuento para animar a leer y escribir

"Un entretenido cuento que no solo anima a disfrutar de la lectura, sino también de lo mucho que podemos escribir cada uno."

Adiós a la ley de la selva (II): El ratón, un cuento sobre Evitar el bullying

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El ratón

"Las víctimas del bullying pueden cambiar su situación rodeándose de amigos y adoptando actitudes valientes"

Adiós a la ley de la selva (III): El mono, un cuento sobre Evitar el bullying

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Cuento para prevenir los casos de bullying con los espectadores

"Los testigos y espectadores del bullying pueden hacer mucho por prevenirlo sin necesidad de enfrentamientos directos"

Goldi, una princesa diferente, un cuento sobre Autoestima

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Cuento de princesas sobre la obsesión por la delgadez

"La obsesión por la delgadez y la superficialidad esconde la verdadera belleza de las personas"

Una aventura llena de pintura, un cuento sobre Trabajo bien hecho

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Cuento para aprender a cuidar los detalles y terminar las cosas

"Cuidar los detalles sin tener prisa por terminar es la forma de conseguir un trabajo bien hecho"

La palabra salvaje, un cuento sobre Amor por los libros

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Cuento para animar a la lectura

"La verdadero poder está en el conocimiento que se encuentra en los libros"

¿Y si no fueron felices y se hartaron de perdices?, un cuento sobre Amor verdadero

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Cuento sobre el amor verdadero

"El verdadero amor que nos hace felices consiste en buscar por la felicidad de la persona amada antes que la propia"

El cuento más rápido del mundo, un cuento sobre Evitar las prisas

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Cuento para evitar las prisas y el stress

"A menudo nos perdemos grandes momentos con nuestros niños por dejarnos llevar por la impaciencia y las prisas"

Halloween tiene miedo, un cuento sobre Superar el miedo

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Un cuento de poco miedo sobre Halloween

"Un simpático cuento de poco miedo para celebrar Halloween sabiendo que lo que más miedo nos da es lo que nos imaginamos"

El Hada y la Sombra, un cuento sobre Lealtad y compromiso

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Cuento sobre la lealtad y el compromiso

"La lealtad y el compromiso mantenidos ante las adversidades son las bases últimas de la amistad y el amor."

El valiente Manuté, un cuento sobre Valentía

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Cuento sobre la valentía frente a la temeridad

"La valentía dista mucho de la temeridad, no es buscar el miedo ni el peligro, sino ser capaz de controlarlo"

El tesoro de Barba Iris, un cuento sobre Obediencia

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Cuento sobre la obediencia

"Obedecer a los padres es el mejor camino que pueden seguir los niños"

La excursión, un cuento sobre Aceptarnos como somos

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Cuento para no burlarse de los demás

"No hacer burla de los rasgos o deficiencias físicas; todos dan lo mejor que tienen, y muchas veces puede ser mucho más de lo que den los más "perfectos""

El dragón nube, un cuento sobre Confianza y comprensión

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Cuento sobre dragones

"Todos tenemos motivos para comportarnos como lo hacemos. Es mejor ser comprensivos y tratar de sacar lo bueno que tenemos todos, que hacer juicios y condenas."

El valiente jefe cobarde, un cuento sobre Paciencia

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Cuento sobre la paciencia

"La paciencia ayuda a resolver los problemas en el momento más adecuado, aunque a veces nos obligue a soportar una gran presión"

Pulgarcito

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Charles Perrault
Valor Educativo: 
Ingenio
Ventajas: 
-- Muestra el valor del ingenio sobre la fuerza física y el tamaño -- A su manara, defiende el valor de la unidad familiar
Inconvenientes: 
-- Es un cuento un poco cruel
valoracion: 
Pulgarcito es una historia de aventuras que, en línea con otros cuentos de Perrault, refleja un mundo un poco cruel que es difícil entender hoy día, en el que, por ejemplo, los padres pueden abandonar a sus hijos por motivos económicos. Aunque es todo un clásico, y una excelente muestra de ingenio con varios elementos que lo hacen único y memorable, como marcar el sendero con miguitas de pan, el engaño con las hijas del ogro, o las botas de siete leguas, a la hora de utilizarlo con una finalidad educativa habrá que tener en cuenta esos aspectos de crueldad y decidir si la madurez de quien lo vaya a escuchar es suficiente o hay que modificar levemente la historia.
version_reducida: 
Pulgarcito era un niño del tamaño de un pulgar. Era el menor de los 7 hijos de unos leñadores tan pobres que decidieron abandonar a sus hijos en el bosque. Pulgarcito los escuchó, y se preparó para ir dejando caer piedras por el camino y guiar a sus hermanos de vuelta. Aunque inicialmente sus padres se alegraron del regreso, tiempo después volvieron a intentarlo. Esta vez Pulgarcito arrojó las migas de su pan para marcar el camino, pero los pájaros se las comieron y resultaron perdidos. Tras muchas vueltas encontraron la casa de un ogro, aficionado a comer niños, que vivía con su mujer y sus siete hijas. El ogro, al descubrir a los niños, quiso matarlos, pero la mujer le convenció para reservarlos para mejor ocasión. Aquella noche Pulgarcito cambió su gorro y el de sus hermanos por las coronas de las hijas del ogro y, cuando el ogro despertó a oscuras y pensó de nuevo en matarlos, fue a sus hijas a quienes mató, mientras Pulgarcito y sus hermanos huían. Al descubrir lo ocurrido el ogro persiguió a los niños calzando sus botas de siete leguas, capaces de avanzar esa distancia tanto a cada paso. El ogro buscó largo rato y acabó dormido sin saber que Pulgarcito lo vigilaba. Este le robó las botas y las usó para llegar hasta el palacio del rey y ponerse a su servicio como mensajero, lo que le hizo enriquecerse de tal modo que ni él ni su familia volvieron a pasar hambre.
version_original: 
  • NOTA: esta pretendía ser la versión original del cuento de Perrault. Como muchos otros clásicos, está desfasado y es poco utilizable hoy día (de hecho, esta es una de las razones que dio origen a esta web, y siempre hemos aconsejado modificar este cuento si es para contárselo a los niños). No compartimos sus mensajes y contenidos, pero no deja de ser un clásico y creemos que su versión original, aun no teniendo el mismo valor educativo que antaño, sí tiene un valor cultural.
  • Sin embargo, nos hemos visto obligados a modificar el texto del cuento a instancias de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, y eliminar la parte en que el padre de Pulgarcito amenaza con pegar a su mujer. Como la DGVG no mencionó otros pasajes, hemos mantenido el resto del cuento, incluyendo el pasaje en que los padres abandonan a sus hijos y aquel en que son asesinadas 7 menores inocentes. Hemos aceptado esta imposición, pero nos parece un acto de censura moral sobre la cultura más propio de otra época
  • Como siempre aconsejamos, es fundamental leer previamente cualquier cuento que se vaya a contar a un menor para ver si concuerda con los valores que le queremos transmitir
* * * Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor sólo tenía diez años y el menor, alcanzaba los siete. Puede parecer extraño que el leñador tuviera tantos hijos en tan poco espacio de tiempo; pero es que su esposa trabajaba a destajo y los traía a pares. Eran muy pobres y sus siete hijos constituían una carga muy pesada, pues ninguno de ellos podía aún ganarse la vida. Sufrían todavía más porque el más pequeño era muy delicado y no pronunciaba una sola palabra, interpretando como imbecilidad lo que era un rasgo de la bondad de su espíritu. Era muy pequeñito, y cuando llegó al mundo no era más grande que el pulgar, lo que hizo que lo llamaran Pulgarcito. Este pobre niño era el sufrelotodo de la casa, y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más listo y el más perspicaz de todos sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho. * * * Vino un año de "vacas flacas", y la hambruna fue tan grande, que estas pobres gentes decidieron deshacerse de sus hijos. Una noche, mientras que los niños estaban acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le dijo con el corazón transido de dolor: -Estás viendo que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; no soportaría verlos morir de hambre ante mis ojos, y estoy decidido a abandonarlos mañana en el bosque, lo que será muy fácil, pues mientras ellos se entretienen haciendo haces con las astillas, nosotros huiremos sin que nos vean. -¡Ah! -exclamó la leñadora- ¿serías capaz de abandonar a tus hijos? Por más que su marido le hiciera ver muy claramente su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, después de considerar el gran dolor que le supondría verlos morir de hambre, consintió y fue a acostarse llorando. Pulgarcito escuchó todo lo que dijeron, pues, habiendo oido desde su cama que hablaban de asuntos importantes, se había levantado con mucho cuidado y se deslizó debajo del taburete de su padre para escucharlos sin ser visto. Después, volvió a la cama y no durmió más en toda la noche, pensando en lo que tenía que hacer. Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo a sus hermanos nada de todo lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus hijos a recoger ramitas para hacer haces. El padre y la madre, viéndolos ocupados en su trabajo, se alejaron de ellos con sumo cuidado y, luego, echaron a correr por un sendero apartado. Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a gritar y a llorar con todas sus fuerzas. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde regresarían a la casa; pues, mientras andaban, había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo: -No temáis, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo os llevaré de vuelta a casa, no tenéis más que seguirme. Lo siguieron y él los condujo hasta su casa por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, sino que se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre. * * * En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor del pueblo les envió diez escudos que les debía desde hacía tiempo y que ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía mucho tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que necesitaban para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo: -¡Qué lástima! ¿Dónde estarán ahora nuestros pobres hijos? Tendrían una buena comida con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, eres tú quien has querido abandonarlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo ahora en ese bosque? ¡Qué lástima, Dios mío!: ¡Quizás los lobos ya se los han comido! Eres inhumano al haber abandonado así a tus hijos. El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. [CENSURADO: se ha eliminado un párrafo que podría incitar a la violencia contra la mujer] La leñadora estaba deshecha en lágrimas. -¡Ay! ¿Dónde estaránn ahora mis hijos, mis pobres hijos? Lo dijo una vez tan fuerte, que los niños, que estaban en la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos: -¡Aquí estamos, aquí estamos! Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos: -¡Qué contenta estoy de volver a veros, mis queridos niños! Estaréis muy cansados y tendréis hambre; y tú, Pedrito, ¡cómo estás de embarrado! ¡Ven que te limpie! Pedrito era el hijo mayor, a quien más quería, porque era un poco pelirrojo, muy parecido a ella. Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que agradó mucho al padre y a la madre; contaron el miedo que habían pasado en el bosque, hablando casi siempre todos a la vez. Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se acabó el dinero, volvieron a caer en la misma preocupación, y nuevamente decidieron abandonarlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez. No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser escuchados por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero, aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo conseguirlo pues encontró la puerta cerrada con doble vuelta de llave. No sabía qué hacer; cuando la leñadora les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno, pensó que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer las migajas a lo largo del camino por donde pasaran; lo guardó, pues, en el bolsillo. El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y, en cuanto llegaron, huyeron por un sendero apartado y abandonaron a los niños. Pulgarcito no se preocupó mucho, porque creía que podría encontrar fácilmente el camino, gracias al pan que había ido dejando caer por todas partes por donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola migaja; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo. Helos ahí, entonces, muy asustados, pues cuanto más caminaban más se perdían y se internaban en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a volver la cabeza hacia atrás. Empezó a caer una fuerte lluvia que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos. Pulgarcito trepó a lo alto de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba muy lejos, más allá del bosque. Bajó del árbol y, cuando llegó al suelo, ya no vio nada; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque. Llegaron, por fin, a la casa donde estaba la luz, no sin pasar mucho miedo, pues de cuando en cuando la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un declive del terreno. Llamaron a la puerta y una mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y le pedían por caridad que les dejara pasar allí la noche. La mujer, viéndolos a todos tan guapos, se puso a llorar y les dijo: -¡Vaya por Dios! Hijos míos, ¡adónde habéis venido a parar! ¿Sabéis que esta es la casa de un ogro que se come a los niños? -¡Ay, señora! -le respondió Pulgarcito, que temblaba como un azogado, lo mismo que sus hermanos-. ¿Qué podemos hacer? Los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Y siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás tenga compasión de nosotros, si usted se lo pide. La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse junto a un buen fuego, pues estaba asándose un cordero entero para la cena del ogro. Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba. En el acto la mujer los escondió debajo de la cama y fue a abrir la puerta. Lo primero que preguntó el ogro fue si la cena estaba lista y si había sacado el vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor. Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca. -Será -le dijo su mujer- ese ternero que acabo de preparar. -Huelo a carne fresca, otra vez te lo digo -repuso el ogro mirando de reojo a su mujer- aquí hay algo que no comprendo. Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama. -¡Ah, maldita mujer! -dijo él-. ¡Cómo querías engañarme! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una vieja bestia. Esta caza me viene como anillo al dedo para invitar a tres ogros amigos mios que vendrán a verme estos días. Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres niños se arrodillaron pidiéndole perdón; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando hiciera una buena salsa con ellos. Fue a coger un enorme cuchillo y, mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo: -¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana? -Cállate -repuso el ogro-; así estarán más tiernos. -Pero si todavía tenéis mucha carne -prosiguió la mujer-; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un cerdo. -Tienes razón -dijo el ogro-; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse. La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían comer, de tanto miedo como tenían. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para agasajar a sus amigos. Bebió una docena de tragos más que de costumbre, lo que le produjo un poco de dolor de cabeza, y lo obligó a acostarse. * * * El ogro tenía siete hijas, muy pequeñas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un bonito color de cara, pues comían carne fresca, como su padre; pero tenían ojillos grises y redondos, la nariz ganchuda y una boca muy grande con puntiagudos dientes muy separados unos de otros. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños pequeños para chuparles la sangre. Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una cama grande, con una corona de oro en la cabeza cada una. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; allí acostó la mujer del ogro a los siete chicos, después de lo cual ella se fue a la cama al lado de su marido. Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y, temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y cogiendo los gorros de sus hermanos y el suyo, fue muy despacito a colocarlos en las cabezas de las siete hijas del ogro, después de haberles quitado sus coronas de oro, que puso sobre las cabezas de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los niños que quería degollar. La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Saltó , pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo: -Vamos a ver -dijo- cómo se portan estos pequeñajos; no lo pensemos dos veces. Subió a tientas a la habitación de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tocaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro: -¡Vaya, hombre -dijo-, buena la iba a hacer! Veo que anoche bebí más de la cuenta. Se dirigió después a la cama de sus hijas y, habiendo tocado los gorros de los chicos: -¡Ah! -exclamó- ¡aquí están nuestros mozuelos! ¡Pues, venga, manos a la obra! Y, diciendo esto, degolló sin vacilar a sus siete hijas. Luego, muy satisfecho de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer. Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima de la tapia. Corrieron durante toda la noche, siempre temblando y sin saber a dónde se dirigían. El ogro, al despertar, dijo a su mujer: -Anda arriba a preparar a esos pequeñajos de ayer. Muy sorprendida quedó la ogresa de la bondad de su marido, sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y, creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no sería su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en su propia sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que hacen casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que su mujer tardara demasiado en hacer la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo. -¡Ay! ¿qué hice? -exclamó-. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y ahora mismo! -Echó un jarro de agua en las narices de su mujer, haciéndola volver en sí: -Dame pronto mis botas de siete leguas -le dijo- para ir a atraparlos. Emprendió la marcha y, después de haber recorrido largos trayectos en todas direcciones, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres niños, que ya estaban sólo a cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro, que iba de montaña en montaña, y que cruzaba ríos con la misma facilidad con que hubiera cruzado el más pequeño riachuelo. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca del lugar donde estaban, hizo que sus hermanos se escondieran allí y se escondió él también, sin perder de vista lo que hacía el ogro. El ogro, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas fatigan demasiado), quiso descansar y, por casualidad, fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los niños. Como ya no podía más de cansancio, se durmió después de descansar un rato, y se puso a roncar de forma tan espantosa que los pobres niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo. Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran a toda prisa a casa, mientras el ogro dormía profundamente, y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y llegaron en seguida a su casa. Pulgarcito, acercándose al ogro, le sacó suavemente las botas y se las puso al instante. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de agrandarse y empequeñecerse según la pierna del que las calzaba, de manera que se ajustaban a sus pies y a sus piernas como si las hubieran hecho para él. Partió recto a casa del ogro, donde encontró a su mujer. que lloraba junto a sus hijas degolladas. -Su marido -le dijo Pulgarcito- está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si no les da todo el oro y la plata que tenga. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me vio y me pidió que viniera a avisarle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga de valor en la casa sin ocultar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas, como puede ver, para ir más deprisa, y también para que usted no creyera que estaba mintiendo. La buena mujer, muy asustada, le dio en el acto todo lo que tenía; pues este ogro no dejaba de ser un buen marido, aun cuando se comiera a los niños pequeños. Pulgarcito, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría. * * * Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, a decir verdad, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños. Estas personas aseguran saberlo de buena tinta, y hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, se fue a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas de allí, y por el resultado de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército antes de acabar el día. El rey le prometió una gran cantidad de dinero si lo conseguía. Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde y, habiéndose dado a conocer por aquel primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, numerosas damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tener en cuenta lo que ganaba por ese lado. Después de ejercer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado una gran fortuna, volvió a casa de su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Acomodó a su familia. Compró cargos de nueva creación para su padre y para sus hermanos y así fue colocándolos a todos, al mismo tiempo que se creaba un excelente posición en la Corte.
Dibujo: 
Cuento de Pulgarcito
Cuento de Pulgarcito
Inicio: 
Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor sólo tenía diez años y el menor, alcanzaba los siete. Puede parecer extraño que el leñador tuviera tantos hijos en tan poco espacio de tiempo; pero es que su esposa trabajaba a destajo y los traía a pares...
Idea Principal: 
El ingenio y la inteligencia son mejores armas que la fuerza

Simbad el Marino

Tu puntuación: Ninguno
Edad: 
Todas las edades
Autor: 
Anónimo
Valor Educativo: 
Esfuerzo, superación e ingenio
Ventajas: 
-- Es un estupendo conjunto de aventuras -- Siempre muestra un deseo de lucha y superación que se apoya en el ingenio de Simbad.
Inconvenientes: 
-- Está más orientado a entretener que educar -- El esquema de los distintos viajes puede resultar un poco repetitivo -- Tiene algunos momentos crueles o un poco sanguinarios
valoracion: 
Simbad el Marino es un conjunto muy entretenido de viajes y aventuras, aunque su utilidad educativa se ve en ocasiones limitada por algunos pasajes un tanto crueles. Sin embargo, tiene un mensaje claro de lucha e inconformismo como búsqueda de una mejor fortuna, que se puede transmitir a través de la actitud de Simbad (aunque desgraciadamente parece movido por una actitud muy materialista). Varias de sus historias tienen cierta base en la mitología griega, por lo que comparten algunos de sus aspectos: son entretenidas, pero a menudo mundanas y poco moralizantes.
version_reducida: 
Simbad el cargador, cansado de llevar mercancías, se sienta para descansar en un banco a las puertas de la casa de un rico comerciante. Allí se queja a Alá por la injusticia de un mundo que permite a los ricos a vivir en la facilidad mientras que él debe trabajar y, sin embargo, sigue siendo pobre. El propietario de la casa, que resulta ser Simbad el marino, lo escucha, y decidido a explicarle que no todo fue tan fácil, empieza a contarle cómo se hizo rico en el curso de siete extraordinarios viajes donde sufrió todo tipo de calamidades y fortunas. Al terminar cada narración, Simbad entrega a su pobre invitado varias monedas de oro y le anima a volver al día siguiente para escuchar el siguiente viaje.
audio_cuento: 
https://cuentosparadormir.com/files/audiocuentos/simbad-el-marino.mp3
version_original: 
Las aventuras de Simbad el Marino son una larga narración compuesta por siete viajes, en cada uno de los cuales Simbad vive una aventura completa, integradas dentro del compendio de historias mucho más amplio de Las mil y una noches. Sería imposible incluir aquí no solo la obra completa de Las mil y una noches, sino las aventuras completas de Simbad el Marino, pero añadimos el enlace a la versión íntegra de sus aventuras, dentro del texto de Las mil y una noches, en Wikisource: http://es.wikisource.org/wiki/Las_mil_y_una_noches:283 Lo que sigue a continuación es una versión más resumida y ligera de la historia de Simbad el Marino, con el contenido de sus viajes *********************** Hace tiempo, un pobre hombre llamado Simbad el Cargador vivía en la ciudad de Bagdad. Se mantenía con el duro trabajo de acarrear pesadas cargas al hombro. Un día de gran calor, sintió que iba a desfallecer bajo el enorme peso que conducía. Para descansar de la carga que llevaba sobre sus espaldas, se sentó en la calle, junto a una casa muy grande y lujosa. Las ventanas del imponente edificio estaban abiertas de par en par. Por eso Simbad el Cargador pudo sentir la fragancia de los más exquisitos alimentos, a la vez que llegaron a sus oídos las más bellas melodías que jamás había escuchado. No conocía esa parte de la ciudad; nunca había estado allí. Por eso sintió una gran curiosidad de saber a quién pertenecía ese lujoso palacio. Vio entonces a un sirviente que se encontraba frente a la puerta. Se acercó y le preguntó quién era el dueño de esa casa. Aquél le contestó: —Simbad el Marino, el viajero famoso. El pobre hombre a menudo había oído hablar de Simbad el Marino, de sus maravillosas riquezas y de sus extrañas aventuras. Pero no sabía que Simbad era tan feliz como él era infeliz. ¡Qué diferencia entre este hombre y yo! —exclamó. Mientras pensaba en su miseria, vino un sirviente a decirle que Simbad deseaba hablarle. Trató de Inventar una excusa; pero el sirviente, que ya había encomendado a otro que se ocupara de la carga de Simbad el Cargador , lo introdujo en el salón. A la cabecera de una mesa rodeada de gente, se encontraba Simbad. Era un hombre ya anciano, pero de rostro tan sonriente y de trato tan afable, que todo el mundo lo quería. Obligó al mandadero a comer algo de la fina comida que cubría totalmente la mesa, y después le preguntó cuál era su nombre y qué hacía. —Mí nombre, señor —dijo el pobre hombre—, es Simbad el Cargador, y solamente soy un mandadero. —Bien, Simbad el Cargador —dijo el antiguo viajero—, oí tus quejas y envié por ti para decirte que yo adquirí mis riquezas después de haber sufrido muchas incomodidades y de haber pasado muchos peligros difíciles de imaginar. Te diré que mis penalidades han sido tan grandes, que el temor de sufrirlas bastaría para desanimar al más ambicioso cazador de riquezas. Te las contaré. La promesa de esta historia fue muy bien recibida por la concurrencia. Y, tras ordenar a un sirviente que llevara la carga de Simbad el Cargador a su destino, Simbad empezó su relato. EL PRIMER VIAJE Mi padre murió cuando yo era joven y me dejó una gran fortuna. No tenía a nadie que me vigilara, así es que empecé a gastar mi dinero sin ninguna medida. No sólo malgasté mi tiempo, sino que también dañé mi salud y casi perdí todo cuanto tenía. Cuando caí enfermo, los amigos de mis aventuras me abandonaron y tuve bastante tranquilidad para pensar en los malos hábitos de mi juventud. Una vez mejor, junté lo poco que me quedaba, compré algunas mercaderías y con ellas me embarqué en el puerto de Basora. Durante el viaje tocamos tierra en varias islas, donde, con otros mercaderes que iban conmigo en el barco, vendimos o cambiamos nuestras cosas. Un día nos detuvimos junto a una isla pequeña. Como parecía un lugar agradable para desembarcar, decidimos comer en ella. Pero mientras reíamos y preparábamos nuestros alimentos, la isla empezó a moverse. Al mismo tiempo, la gente de a bordo se puso a gritar. Entonces nos dimos cuenta de que estábamos sobre el lomo de una gigantesca ballena. Algunos saltaron al bote y otros nadaron hacia el barco. Antes de que yo me alejara, el animal se sumergió en el océano. Sólo tuve oportunidad de cogerme de un trozo de madera que habíamos traído desde el velero para que nos sirviera de mesa. Sobre esta ancha viga fui arrastrado por la corriente, mientras los demás habían subido a bordo. Y, debido al estallido de una tormenta, el barco se alejó sin mí. Floté a la deriva esa noche y la siguiente. Al amanecer, una ola me lanzó a una diminuta isla. Ahí tuve agua fresca y fruta; encontré una cueva, me acosté y dormí varias horas. Después miré hacia los alrededores buscando señales de gente, pero no vi a nadie. Sin embargo, había numerosos caballos pastando juntos; pero no había rastros de otros animales. Al llegar el crepúsculo, comí algo de fruta y subí a un árbol para dormir seguro. A eso de la medianoche, un curioso sonido de trompetas y tambores atronó en la isla hasta el amanecer. Después pareció tan solitaria como antes. A la mañana siguiente, descubrí que la isla era muy pequeña y que no había más tierras a la vista. Entonces, me consideré perdido. Mis temores no fueron menos cuando me dirigí hacia la playa y vi que en ella abundaban serpientes de gran tamaño y otras alimañas. Sin embargo, pronto pude comprobar que eran tímidas y que cualquier ruido, incluso el más insignificante, las hacía sumergirse en el agua. Cuando llegó la noche, volví a subir al árbol. Y, como en la anterior, se escuchó el sonido de tambores y trompetas. Pero la isla continuaba siendo solitaria. Sólo al tercer día tuve la alegría de ver a un grupo de hombres montados a caballo. Estos, al descabalgar, quedaron muy sorprendidos de encontrarme allí. Les conté cómo había llegado, y ellos me informaron que eran caballerizos del Sultán Mihraj. También me dijeron que la isla pertenecía al genio Delial, quien la visitaba todas las noches trayendo sus instrumentos musicales. Y, por último, me contaron que el genio había dado permiso al Sultán para que amaestrara sus caballos en la isla. Ellos trabajaban en eso y cada seis meses elegían algunos caballos; con ese propósito se encontraban ahora en la isla. Los caballerizos me condujeron ante el Sultán Mihraj y éste me dio hospedaje en su palacio. Como yo le contaba historias acerca de las costumbres y maneras de la gente de otras tierras, pareció muy complacido por mi presencia.  Un día vi a varios hombres cargando un barco en el puerto y noté que algunos de los bultos eran de los que yo había embarcado en Basora. Me dirigí al capitán del barco y le dije: —Capitán, yo soy Simbad. Siguió caminando. —Ciertamente —dijo—, los pasajeros y yo vimos a Simbad tragado por las olas a muchas millas de aquí. Sin embargo, varios otros se acercaron y me reconocieron. Entonces, con palabras de felicitación por mi regreso, el capitán me devolvió los bultos. Hice un obsequio de cierta importancia al Sultán Mihraj, quien me dio un rico donativo en compensación. Compré algunas mercaderías más y fui a Basora. Al llegar al puerto vendí mi embarque y me encontré con una fortuna de miles de dinares. Por eso resolví vivir en la comodidad y esplendidez. EL SEGUNDO VIAJE Pronto me cansé de esa pacífica existencia en Basora. Entonces, compré más mercaderías y me hice de nuevo a la mar con varios comerciantes. Después de haber tocado muchos puertos, desembarcamos un día en una isla solitaria, donde yo, que había comido y bebido bastante, me acosté y me quedé dormido. Al despertar, me encontré con que mis amigos se habían marchado y el barco se había hecho a la vela. Al comienzo me sentí completamente abrumado y muy asustado; pero pronto empecé a conformarme y a perder el miedo. Trepé a la copa de un árbol y, a la distancia, vi algo muy voluminoso y blanco. Bajé a tierra y corrí hacia ese objeto de extraña apariencia. Cuando estuve cerca de él, descubrí que era una gran bola de cerca de un metro y cuarto de circunferencia, suave como el marfil, pero sin ningún tipo de abertura. Era casi la hora de la puesta del sol, cuando repentinamente el cielo empezó a oscurecerse. Miré hacia arriba y vi un pájaro de gran tamaño, que avanzaba como una enorme nube hacia mí. Recordé que había oído hablar de un ave llamada Roc, tan inmensa que podría llevarse elefantes pequeños. Entonces me di cuenta de que ese enorme objeto que estaba mirando era un huevo de este pájaro. A medida que él descendía, me estreché contra el huevo de manera que una de las extremidades de este animal alado quedó delante de mí. Su enorme pata era tan gruesa como el tronco de un árbol y me até firmemente a ella con la tela de mi turbante. Al amanecer, el pájaro se echó a volar y me sacó de la isla desierta. Tomó tanta altura que yo no podía ver la tierra y luego descendió tan velozmente que me desmayé. Cuando volví en mí, me encontré sobre suelo firme y con rapidez me desaté del paño que me sujetaba. Tan pronto como estuve libre, el ave, que había cogido una enorme serpiente, emprendió de nuevo el vuelo. Me encontré en un valle profundo, cuyos costados eran demasiado escarpados para escalarlos. A medida que andaba angustiado de acá para allá, advertí que el valle estaba sembrado de diamantes de gran tamaño y belleza. Pero pronto contemplé algo más que me causó temor: serpientes de tamaño gigantesco acechaban desde unos agujeros que había en todas partes. Al llegar la noche, me guarecí en una cueva cuya entrada cerré con las mayores piedras que pude recoger. Pero el silbido de las serpientes me mantuvo despierto toda la noche. Cuando retornó el día, las serpientes se metieron en sus agujeros y yo, con gran temor, salí de mi cueva. Caminé y caminé alejándome de las serpientes hasta sentirme seguro, y me eché a dormir. Fui despertado por algo que cayó cerca de mi. Era un inmenso trozo de carne fresca y, poco después, vi muchos otros pedazos. Tuve la certidumbre de que me encontraba en el Valle de los Diamantes, al cual los mercaderes arrojaban trozos de carne. Según ellos pensaban, las águilas acudirían a llevarse la carne en sus garras, de seguro con diamantes adheridos a ella. Me apresuré a recoger la mayor cantidad de diamantes que pude encontrar, los que introduje en una bolsa pequeña que amarré a mi cinturón. Luego busqué el mayor pedazo de carne que había caído sobre el valle. Lo amarré a mi cintura con la tela de mi turbante y me tendí boca abajo, en espera de las águilas. Muy pronto, una de las más vigorosas hizo presa de la carne a mis espaldas y voló conmigo a su nido en la cumbre de la montaña. Los comerciantes empezaron a gritar para asustar a las águilas y cuando consiguieron que las aves abandonaran su presa, uno de ellos vino al nido donde yo estaba. Al comienzo el hombre se asustó de yerme ahí, pero, recobrándose, me preguntó por qué estaba en ese lugar. Pronto les conté a él y a los demás mi historia. Quedaron muy sorprendidos de mi habilidad y valentía. Después abrí mi bolsa y les mostré su contenido. Me dijeron que jamás habían contemplado diamantes de tanto brillo y tanto tamaño como los míos. Los mercaderes y yo juntamos el total de nuestros diamantes. A la mañana siguiente abandonamos el lugar y atravesamos las montañas hasta llegar a un puerto. Tomamos un barco y navegamos hacia la isla de Roha, donde vendí algunos de mis diamantes y compré otras mercaderías. Regresé a Basora y después vine a Bagdad, mi ciudad natal, en la que viví en la abundancia a causa de las grandes ganancias que obtuve. EL TERCER VIAJE Como todavía no me acostumbraba a vivir tranquilamente, pronto decidí hacer un tercer viaje. Provisto de un cargamento de las más valiosas mercaderías de Egipto, de nuevo tomé un barco en el puerto de Basora. Después de unas pocas semanas de navegación, nos sobrevino una espantosa tempestad. Por último, debimos echar el anda junto a una isla de la que el capitán trató de alejarse con prontitud. Nos dijo que esta y otras islas cercanas estaban habitadas por enanos salvajes y peludos, quienes de repente nos atacarían en gran número. Muy pronto una inmensa cantidad de estos temibles salvajes, de cerca de sesenta centímetros de alto, subió a bordo. Su ataque fue inesperado. Derribaron nuestras velas, cortaron nuestros cables, remolcaron el barco a tierra y a todos nos obligaron a ir a la playa.  Fuimos hacia el centro de la isla y llegamos a un enorme edificio. Era un palacio majestuoso con una puerta de ébano, que empujamos y abrimos. Empezamos a recorrer las grandes salas y habitaciones, y pronto descubrimos un cuarto donde había huesos humanos y restos de asados. Al instante apareció un negro horrible y alto como una palmera. Tenía un solo ojo, sus dientes eran largos y afilados, y sus uñas parecían las garras de un pájaro. A mí me tomó como si fuera un gatito, pero al encontrarse con que yo sólo era piel y huesos, me puso de nuevo en tierra. El capitán, por ser el más gordo del grupo, fue el primero en ser devorado. Cuando el monstruo terminó su comida, se tendió sobre un gran banco de piedra existente en la habitación, y se quedó dormido, roncando más sonoramente que un trueno. Así durmió hasta el amanecer, en que se marchó. Entonces dije a mis amigos: —No perdamos tiempo en quejas inútiles. Apresurémonos a buscar madera para hacer botes. Encontramos algunas vigas en la playa y trabajamos firme para hacer los botes antes de que el gigante regresara. Por falta de herramientas, nos sorprendió el crepúsculo sin que nosotros hubiéramos terminado de fabricarlos. Mientras nos preparábamos para alejarnos de la playa, apareció el horrible gigante y nos condujo a su palacio como si fuésemos un rebaño de ovejas. Lo vimos comerse a otro de nuestros compañeros y luego tenderse a dormir. Nuestra situación desesperada nos infundió coraje. Nueve de nosotros nos levantamos sin hacer ruido y pusimos las puntas de los asadores al fuego hasta que enrojecieron. Después las introdujimos al mismo tiempo en el ojo del monstruo. Profirió un alarido espantoso y trató, en vano, de coger a alguno de nosotros. En seguida, abrió la puerta de ébano y abandonó el palacio. No permanecimos mucho rato en nuestro encierro, sino que nos apresuramos a ir a la playa. Alistados los botes, sólo esperamos la luz del día para aparejarles las velas. Pero al romper el alba vimos a nuestro cruel enemigo que venía acompañado de dos gigantes de su mismo tamaño y seguido por muchos otros de la misma clase. Saltamos sobre nuestros botes y nos alejamos de la playa a fuerza de remos y ayudados por la marea. Los gigantes, viéndonos a punto de escapar, desprendieron grandes trozos de roca y, metiéndose en el agua hasta la altura de sus cinturas, las arrojaron en contra nuestra con una fuerza increíble. Hundieron todos los botes, con excepción de uno, en el que yo me encontraba. Así, el total de mis amigos se ahogó, salvo dos. Remamos tan rápidamente como fuimos capaces, y nos pusimos fuera del alcance de los monstruos. Permanecimos dos días en el mar y, por fin, encontramos una isla agradable en la cual desembarcamos. Después de comer algo de fruta, nos acostamos a dormir. Sin embargo, pronto fuimos despertados por el silbido de una serpiente, y uno de mis compañeros fue engullido de inmediato por la terrible criatura. Subí a un árbol tan velozmente como pude y alcancé las ramas más altas. Mi otro compañero me siguió, pero el terrible animal reptó por el árbol y lo cogió. Entonces, la serpiente bajó y se escurrió a lo lejos. Esperé hasta el día siguiente antes de abandonar mi refugio. Al llegar el atardecer, amontoné palos, zarzas y espinas en unos hatillos que coloqué alrededor del árbol hasta donde empiezan las ramas. Después subí a las más altas. Por la noche la serpiente regresó otra vez, pero no pudo acercarse debidamente. Se arrastró en vano alrededor del vallado de zarza y espinas hasta el amanecer, instante en que se alejó. Al otro día yo estaba en tal estado de afiebramiento que decidí arrojarme al mar. Pero en el momento en que me disponía a saltar, vi las velas de un barco a cierta distancia. Con el lienzo de mi turbante hice una especie de bandera blanca como señal, la que agité hasta que fui visto por la gente del barco. Me llevaron a bordo y ahí conté todo lo que me había sucedido. El capitán fue muy amable y me dijo que tenía unos fardos de mercaderías que habían pertenecido a un comerciante al que, por casualidad, había dejado abandonado en la isla. Como este hombre ahora estaba muerto, quería vender las mercaderías y dar el dinero a los amigos del comerciante. El capitán agregó que yo podría tener la oportunidad de venderlas y así ganar un poco de dinero. Descubrí que éste era el capitán con quien había navegado en mi segundo viaje. Pronto lo hice recordar que yo era realmente Simbad, a quien él creía perdido. Se alegró de ello y de inmediato dijo que las mercaderías eran mías. Continué mi viaje, vendí mis existencias, reuní una gran fortuna y retorné a Bagdad. EL CUARTO VIAJE Mi afición a viajar por países extraños pronto despertó nuevamente, pues me sentí aburrido de los placeres del hogar. Entonces puse todo en orden y me fui por tierra a Persia. Allí compré una gran cantidad de mercancías, cargué un barco y navegué de nuevo. El velero chocó contra una roca y el cargamento se perdió. Varios viajeros y yo fuimos llevados por la corriente hasta una isla habitada por negros salvajes. Estos nos condujeron a sus chozas y nos dieron yerbas para comer. Mis compañeros las aceptaron de inmediato, porque tenían hambre. Pero el malestar que yo sentía me impidió comer. Muy pronto observé que las yerbas hacían perder la razón a mis amigos. Luego nos ofrecieron arroz mezclado con aceite de cocos y mis amigos lo engulleron en gran cantidad. Todo esto los hizo sabrosos para el gusto de los negros, que fueron comiéndose uno tras otro a mis infelices amigos. Pero yo estaba tan enfermo que ellos no pensaron en prepararme para ser comido. Me dejaron al cuidado de un viejo, de quien, por último, me escapé. Tuve la precaución de tomar un rumbo diferente al que los negros utilizaban, y no me detuve hasta el anochecer; dormí un poco y luego continué mi viaje. Al cabo de siete días avisté la playa, donde encontré a cierto número de personas blancas que recogían pimienta. Me preguntaron, en lengua árabe, quién era y de dónde venía. Les conté la historia de mi naufragio y de mi escapada de los negros salvajes. Me trataron muy amablemente y me llevaron ante su Rey, que fue muy bueno conmigo. Durante mi permanencia entre esa gente vi que cuando el Rey y sus nobles iban de caza, cabalgaban sin riendas y sin sillas de montar, de las cuales nunca habían oído hablar. Con la ayuda de algunos artesanos hice unas bridas y una montura, se las coloqué a uno de los caballos del Rey y le entregué el animal. Se puso tan contento, que subió inmediatamente y cabalgó casi todo el día por los alrededores. Los ministros de Estado y los nobles me pidieron que también les hiciera sillas y riendas para sus caballos. Me dieron tan costosos regalos por ellas, que pronto llegué a ser muy rico.  Por último, el Rey quiso que me casara y fuese un miembro de su nación. Por múltiples razones, yo no podía rehusar su petición. Entonces me asignó una de las damas de su Corte, la cual era joven, rica, hermosa y buena. Vivimos con la mayor de las felicidades en un palacio perteneciente a mi esposa. También había hecho amistad con un hombre muy digno de este lugar. Un día supe que su mujer había muerto y me apresuré a darle mi pésame por esa sensible pérdida. Nos quedamos a solas y parecía estar en la más profunda angustia. Después de que le hablé por un rato de lo inútil de su tristeza, me dijo que era ley del país que el marido debía ser enterrado vivo con la esposa muerta. Por lo tanto, dentro de una hora debería morir. Temblé de miedo ante esa mortal costumbre. En un momento, la mujer fue vestida con sus joyas y sus trajes más costosos, y colocada en un ataúd abierto. La marcha fúnebre comenzó y el marido caminó siguiendo el cuerpo de la muerta. El cortejo llegó a la cumbre de una alta montaña, donde la gente removió una gran piedra que cubría la boca de un pozo muy profundo. El féretro fue deslizado hacia abajo y el marido, después de despedirse de sus amigos, fue puesto dentro de otro ataúd abierto; en él había también un cántaro de agua y siete panes. Enseguida, este segundo ataúd fue deslizado hasta el fondo del pozo. Volvieron a colocar la piedra en la boca de la cueva y todos retornaron a sus hogares. El horror de esta escena aún estaba fresco en mi mente, cuando mi esposa cayó enferma y murió. El Rey y la Corte entera, a pesar de su cariño por mí, comenzaron a preparar el mismo tipo de funeral. Oculté mi sentimiento de horror hasta que llegamos a la cumbre de la montaña. Ahí me eché a los pies del Rey y le pedí me hiciera gracia de la vida. Todo lo que dije fue inútil y después de enterrada mi esposa también fui depositado en el pozo hondo, sin que nadie hiciera caso de mis gritos. Desperté el eco de la cueva con mis alaridos. Viví algunos días con el pan y el agua que habían sido puestos en mi ataúd. Pero estas provisiones rápidamente se acabaron. Entonces, caminé hacia un extremo de esta horrorosa cueva y me tendí para morir. Así estaba, deseando solamente que la muerte viniera pronto, cuando de repente oi algo que caminaba y jadeaba mucho. Me levanté de golpe, la cosa jadeó aun más y luego huyó. La perseguí; a veces parecía detenerse, pero, al acercarme, de nuevo avanzaba delante de mi. La seguí hasta que, a lo lejos, vi una luz débil como una estrella. Esto me hizo persistir en mi avance hasta que, por fin, encontré un agujero lo bastante ancho para permitirme escapar. Me arrastré a través de la abertura y me encontré sobre la playa. Supe entonces que la criatura era un monstruo marino que tenía la costumbre de entrar a la cueva y alimentarse de los cadáveres. La montaña, según noté, corría muchos kilómetros entre la ciudad y el mar. Sus costados cubiertos me ponían a salvo de cualquier arma en manos de quienes me habían enterrado vivo. Me puse de rodillas y agradecí a Dios por haberme librado de la muerte. Después de comer algunos mariscos, regresé a la cueva y reuní todas las joyas que pude encontrar en la oscuridad. Las llevé a la playa, las puse dentro de unas bolsas y las amarré con las cuerdas con que se bajaban los ataúdes. Luego permanecí junto a la playa en espera de algún barco que pudiera pasar. Al cabo de un par de días un velero salió del puerto y pasó cerca de ese lugar. Hice una señal y fui llevado a bordo. Me vi obligado a decir que había naufragado. Si hubieran conocido mi verdadera historia, yo habría sido enviado de vuelta, pues el capitán era un nativo del país. Tocamos tierra en varias islas, y en el puerto de Kela hallé un barco listo para zarpar hacia Basora. Di algunas joyas al capitán que me condujo hasta Kela y navegué para arribar finalmente a Bagdad. EL QUINTO VIAJE Ya olvidado de los peligros de mis primeros viajes, construí un velero a mis expensas, lo cargué con ricas mercaderías y, llevando conmigo a otros comerciantes, me hice una vez más a la vela. Después de habernos extraviado a causa de una tormenta, desembarcamos en una isla desierta en busca de agua fresca. Ahí encontramos un huevo de pájaro Roc, igual en tamaño al que yo había visto antes. Los mercaderes y marinos se reunieron a su alrededor. Aunque les recomendé no tocarlo ni hacer nada con él, lo partieron con sus hachas; extrajeron el polluelo de Roc y lo asaron. Apenas habían terminado, vimos venir volando hacia nosotros dos grandes pájaros. Nos apresuramos a subir a bordo y nos pusimos a navegar. No habíamos avanzado mucho cuando vimos las dos enormes aves que nos seguían y que pronto estuvieron volando sobre la embarcación. Una dejó caer una gigantesca piedra al mar, muy junto al barco. La otra soltó una piedra similar, que dio medio a medio de la cubierta. La embarcación se hundió. Me así a una viga librada del naufragio y, conducido por la corriente y la marea, llegué a una isla de orilla muy escarpada. Lo qué tierra seca y me refresqué con fruta fina y agua pura. Caminé un poco hacia el interior de la isla y vi a un débil anciano sentado cerca de la ribera. Al preguntarle cómo había llegado hasta ahí, sólo respondió pidiéndome, por medio de señales, que lo trasladara al otro lado del arroyo para poder comer algo de fruta. Lo tomé sobre mis hombros y atravesé. Pero, en vez de bajarse, apretó con tanta firmeza sus piernas alrededor de mi garganta que llegué a temer que me estrangulara. Dolorido y asustado, me desmayé de repente. Al volver en mí, el anciano aún estaba en su primera posición. Me obligó a levantarme rápidamente y a caminar bajo los árboles, mientras él cogía fruta a su gusto. Esto duró un largo tiempo. Un día, conduciéndolo por los contornos, arranqué una enorme calabaza, la limpié y exprimí dentro de ella el jugo de algunas uvas. La llené y lo dejé fermentar por varios días, hasta que, a la larga, el jugo se transformó en un vino excelente. Bebí de él y por unos momentos olvidé mis sufrimientos y empecé a cantar animadamente. El anciano me hizo darle la calabaza y, al gustar el sabor del vino, tomó hasta emborracharse, cayó de mis hombros y murió al fondo de un precipicio. Me apresuré a marchar hacia la playa y pronto me encontré con la tripulación de un barco. Me dijeron que había estado en poder del Viejo del Mar y que era el primer individuo que lograba escapar de sus manos. Navegué con ellos, y cuando desembarcamos, el capitán me presentó a ciertas personas cuyo trabajo era reunir cocos. Todos cogíamos piedras y las lanzábamos contra los monos situados en las copas de los cocoteros. Estos animales nos respondían arrojándonos infinidad de cocos. Una vez obtenida una cantidad que podíamos llevar con nosotros, regresábamos a la ciudad. Pronto tuve una buena suma de dinero, derivada de la venta de los cocos que había juntado y, por último, navegué hacia mi tierra natal. EL SEXTO VIAJE Al cabo de un año, estuve preparado para el sexto viaje. Este resultó muy largo y lleno de peligros, pues el piloto perdió el rumbo y no supo hacia dónde conducir el barco. Por fin nos dijo que, seguramente, nos haríamos pedazos contra unas rocas cercanas, hacia las cuales íbamos con rapidez. En unos pocos instantes, el velero había naufragado. Salvamos nuestras vidas, algunos alimentos y nuestras mercaderías. —Ahora —dijo el capitán—, cada hombre puede cavar su propia tumba. La playa a la que habíamos sido lanzados estaba al pie de una montaña imposible de escalar. Así las cosas, muy en breve vi a mis compañeros morir uno tras otro. En la roca había una cueva de temible aspecto en la que penetraba un río. Yo ya había perdido toda esperanza así es que decidí intentar salvarme a través de ese río. Me puse a trabajar e hice una balsa. La cargué con fardos de ricas telas y grandes trozos de cristal de roca, de los cuales la montaña estaba formada en su mayor parte. Subí a bordo de la balsa y me arrastró la corriente. Luego desapareció todo vestigio de luz, durante muchos días me deslicé en la oscuridad y, por último, me quedé totalmente dormido. Cuando desperté, me encontré en un país encantador. Mi balsa estaba atada a la orilla y algunos negros me dijeron que me habían encontrado flotando en el río que regaba sus tierras. Me alimentaron y después me preguntaron cómo había llegado hasta ahí. Me condujeron, juntamente con mis mercaderías, a presencia de su Rey. Una vez que estuvimos en la ciudad de Senderib, narré mi historia al Rey y éste dio órdenes de escribirla en letras de oro. Obsequié al soberano algunos de los trozos más bellos de cristal de roca y le rogué que me permitiera retornar a mi país, lo que consintió de inmediato. Más aún, me entregó una carta y algunos regalos dirigidos a mi propio príncipe, el califa Harún ar-Rashid. Estos eran un rubí convertido en una copa y cubierto de perlas; la piel de una serpiente que parecía de oro puro y podía curar todas las enfermedades; madera de áloe y alcanfor; y, además, una esclava de admirable belleza. Regresé a mi país, entregué los regalos al califa y éste me dio las gracias y una recompensa. EL SEPTIMO y ULTIMO VIAJE Un día, el califa Harún ar-Rashid envió por mí y me dijo que debía llevar un obsequio al rey de Senderib. A causa de mi edad y de los riesgos antes pasados, traté de rehuir el encargo del califa. Le resumí los graves peligros de mis otros viajes, pero no pude persuadirlo de que me dejara permanecer en mi hogar. En suma, arribé a Senderib y solicité ver inmediatamente al Rey. Fui conducido al palacio con mucho respeto y puse en manos del monarca la carta y el obsequio del califa. Este consistía en ciertas obras de arte de gran belleza y extraordinariamente valiosas. El Rey, muy complacido por este regalo, expresó su agrado y también se refirió extensamente a lo mucho que estimaba mis servicios. Cuando me despedí, me dio algunos ricos regalos. A poco de hacernos a la mar, el barco fue atacado por unos piratas, quienes se apoderaron del velero y se alejaron, llevándonos a nosotros como esclavos. Fui vendido a un mercader que, descubriendo que manejaba con cierta habilidad el arco y la flecha, me hizo subir tras de sí en un elefante y me llevó a una Inmensa foresta del país. Mi amo deseaba que yo me subiera a un árbol muy alto y allí esperara el paso de alguna manada de elefantes. Entonces debía dispararles flechas a cuantos pudiera y, si uno de ellos caía, debería correr a la ciudad y avisar al comerciante. Después de estas instrucciones, me entregó una bolsa con alimentos y me dejó solo. En la mañana del segundo día, avisté un gran número de elefantes y herí a uno de ellos mientras los demás huían. Regresé corriendo a la ciudad y di cuenta a mi amo. Quedó muy contento de mí y me alabó durante un buen rato. Regresamos al bosque y cavamos un hoyo en el cual el elefante debía permanecer hasta el momento de matarlo y, principalmente, de extraerle los colmillos. Desempeñé ese mismo trabajo, con el arco y la flecha, por casi dos meses. En verdad, cada día que pasaba yo daba muerte a un elefante. Pero, una mañana, todos estos vinieron hacia el árbol sobre el que me encontraba y lo sacudieron horriblemente. Uno de ellos rodeó el tronco con su trompa y lo arrancó de raíz. Caí junto al árbol y el animal me puso encima de su lomo. Luego, a la cabeza de la manada, me llevó a un sitio donde me depositó nuevamente en tierra y, enseguida, todos se marcharon. Me di cuenta de que me encontraba en una amplia y enorme colina, enteramente cubierta de huesos y colmillos de elefantes. Era su cementerio. Una vez más regresé a la ciudad a dar la noticia a mi amo, que pensaba que yo había perecido, porque había visto el árbol derribado, mi arco y mis flechas. Le conté lo que en realidad había sucedido y lo conduje a la colina del cementerio. Cargamos el elefante que nos transportaba con todos los colmillos que nos fue posible, y tuvimos tantos como un hombre puede recolectar en su vida entera. El comerciante dijo que no sólo él sino que toda la ciudad me debía mucho. Por esto, debería regresar a mi país con bastante riqueza para tener una vida feliz. Mi amo cargó un barco con ébano y los otros comerciantes me hicieron costosísimos regalos. Llegué a Basora y desembarqué mi marfil, que valía todavía mucho más dinero de lo que yo había pensado. Inicié un viaje por tierra con varios mercaderes hasta Bagdad, donde fui a ver al califa y le informé de cómo había cumplido sus órdenes. Quedó tan sorprendido de mi historia de los elefantes, que mandó escribirla en letras de oro y ponerla en su palacio. —Ahora que he terminado de contarte mis viajes —dijo Simbad—, yo te preguntaré, ¿no es justo que, a su término, yo pueda gozar de una vida quieta y pacífica? Simbad el Cargador besó la mano del antiguo viajero y dijo: —Yo pienso, señor, que mereces todas las riquezas y comodidades de que gozas. ¡Ojalá puedan durarte por una larga vida! Simbad le dio ricos presentes, le recomendó que abandonara su trabajo de mandadero y le ordenó que todos los días viniera a comer con él.
Dibujo: 
Simbad el marino
Cuento de Simbad el Marino
Audiocuento: 

Excelente versión resumida que recoge el detalle de uno de los viajes del cuento, el de el viejo del mar.

Inicio: 
Hace tiempo, un pobre hombre llamado Simbad el Cargador vivía en la ciudad de Bagdad. Se mantenía con el duro trabajo de acarrear pesadas cargas al hombro. Un día de gran calor, sintió que iba a desfallecer bajo el enorme peso que conducía. Para descansar de la carga que llevaba sobre sus espaldas, se sentó en la calle, junto a una casa muy grande y lujosa...
Idea Principal: 
Las cosas se consiguen con esfuerzo y sacrificio
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