Un valor inexplorado que puede cambiar tu mundo interior... y el exterior

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Hay un valor especialmente interesante, y especialmente olvidado en nuestros días. Porque en el mundo de los valores, los hay que tienen buena y mala prensa, los hay que están en boca de todos o pasan olvidados; los que la gente puede reconocer fácilmente al verlos, y los que es casi imposible detectar. Y los hay también que se mantienen fuertes y saludables entre la sociedad, como la solidaridad o la justicia, y los que están heridos de muerte, incluso entre aquellos que nos consideramos especialmente dedicados a los valores.

Este del que quiero hablar, es un valor herido de muerte. Su papel es fundamental para dirigir nuestra vida hacia el bien y el éxito, pero cuando actúa, apenas nadie puede apreciarlo. Y, sin embargo, aunque no sea visible, es constantemente atacado desde los más variados frentes: televisión, amigos, familia, trabajo...

Este valor que nos ocupa es un valor de los que se podrían considerar “del montón”. En realidad, pocas veces tenemos que pedir su ayuda, y puede pasar días ocioso sin tener que hacer nada por nosotros. Pero cuando actúa, le toca ser un héroe.

A pesar de los ataques que recibe, este valor tiene un único enemigo con el que enfrentarse. Eso sí, es el más temible de todos. ¿Quién es ese enemigo? Nosotros mismos, pero en nuestra versión más salvaje. Podríamos decir que es “la fiera que llevamos dentro”.

Porque todos llevamos dentro una fiera. Es esa parte de nosotros que reacciona de la forma más rápida y violenta, sin pensar ni razonar, buscando la máxima defensa y el mayor daño. En otros tiempos de cavernas, no pensar fue muy útil para salvar la vida. Permitía enfrentarse a animales feroces o a la malvada tribu de caníbales de al lado. Pero ahora nuestro entorno no es hostil. No merece la muerte, no hay que elegir entre él o nosotros. Ahora, quienes nos rodean son las personas que más queremos, nuestros compañeros, o nuestros vecinos. Nadie a quien haya que hacer daño. Gente que merece que pensemos antes de actuar.

Por eso la fiera necesita un domador. Un tipo duro y valiente que la mantenga a raya. Y ese tipo duro, ese valor herido de muerte en nuestros días, es el autocontrol. El autocontrol es el único que puede evitar que nuestra propia ira, nuestro impulso, arruine nuestros mejores planes. Esa ira está especializada en cruzar líneas de difícil marcha atrás, y puede hacernos perder un trabajo, enemistarnos de por vida con la familia, romper un matrimonio, matarnos al volante o, incluso, llevarnos a hacer daño a nuestros seres queridos.

Son muchos y graves los efectos que la falta de autocontrol está provocando en la sociedad. Por ejemplo, un problema de salud de primer orden mundial, como es la creciente obesidad, tiene su raíz en la falta de autocontrol. También el tráfico y explotación sexual de mujeres se construye sobre una legión de hombres marcados por su falta de control. Y la violencia en el hogar no es, como muchos piensan, una simple consecuencia de prejuicios machistas, sino sobre todo la más trágica muestra de lo que la falta de autocontrol provoca, al dejar nuestra fiera interior a merced de sentimientos primarios como los celos, la impotencia, el egoísmo o el ansia de dominio...

Lo malo es que entrenar y preparar un domador no es fácil. No se hace de la noche a la mañana. No bastan dos consejos y un poco de ánimo para estar listo. Y, como ocurre con las fieras de verdad, nunca se llega a estar seguro de tenerlo todo controlado, porque nuestra fiera interior es imprevisible, impredecible.

Pero una cosa es segura. El domador solo podrá aprender enfrentándose a la fiera, empezando por acercarse mientras está bajo control, enjaulado, donde el riesgo es menor. Porque pretender enfrentarse por primera vez a la fiera cuando está desatada son ganas de salir devorado.

Por eso el autocontrol se entrena buscando momentos para practicarlo, tomando la iniciativa activamente. Se trata de provocar pequeñas situaciones en que uno pueda ponerse a prueba para controlar sus impulsos primarios: aguantar un poco más la sed o el dolor de cabeza, renunciar a un plato apetecible, sentarse en una posición más incómoda, aplazar un cigarrillo, aguantar un rato más corriendo, comer menos cantidad, no responder a una palabra arisca, olvidar un pequeño desaire, etc... No se trata de vivir en la renuncia constante de todo aquello que nos gusta. Tampoco de no apreciar los pequeños placeres y detalles de la vida, sino de ser capaz de imponerse pequeñas renuncias de forma puntual y, especialmente, voluntaria.

Esta necesidad de entrenamiento premeditado es lo que hace del autocontrol un valor escaso. La vida cómoda de hoy día no nos plantea situaciones en que esas pequeñas renuncias sean obligadas: casi siempre tenemos forma de evitarlas. Y casi siempre lo hacemos. Pero claro, si no nos presentamos a las sesiones de entrenamiento ¿cómo vamos a estar preparados para los días clave, esos en que hay que enfrentarse a una fiera que anda suelta?

También es necesario conocer a esa fiera. Hay que saber que no solo se mueve por impulsos negativos como la ira; también puede moverse en el extremo contrario llevada por la emoción. Pero se reconoce porque su reacción es siempre exagerada, instintiva, irracional. Y porque quiere arrastrarnos con ella. A veces pensamos que dar rienda suelta a esta versión más apasionada de nuestra fiera interior es buena idea, que es muy “romántico”, pero lo cierto es que cuando hacemos eso, también estamos dando rienda suelta a su parte más iracunda y agresiva, porque la fiera solo es una. No es que la fiera no pueda salir nunca de paseo y tenga que estar encerrada constantemente. Se trata de que, siempre que salga, sea bajo la supervisión del domador.

¿Por qué? Pues porque precisamente esa es la forma de disfrutar de cerca de todo lo que la fiera nos puede ofrecer. Y puede ofrecernos mucho, porque su intuición, su instinto, su miedo o su compasión, cuando están bajo control, son extremadamente útiles. Como ocurre con los caballos o con los perros: si son salvajes, son peligrosos y de poca utilidad. Pero cuando se domestican y se entrenan, son de gran ayuda en mil y una tareas, y llegan a desarrollar relaciones muy hermosas con las personas a su cargo. Y el autocontrol es precisamente el encargado de conseguir eso: domar a nuestro yo más impulsivo, emocional e intuitivo para poder disfrutar de todo lo que puede ofrecernos.

Sólo así es posible alcanzar así el equilibrio vital que todos necesitamos.Y solo así ese equilibrio se reflejará en el mundo que nos rodea.